Esto ocurrió pasados ya mis nueve años, puede también que los diez. Mi ingreso en la escuela fué como una catástrofe que abriera un paréntesis en mi vida de vagancia y holgazanería, y luego como una tortura, momentánea sí, pero muy dolorosa, tanto más cuanto que, si aprendí á leer, fué gracias á mi santa madre, cuya inagotable paciencia supo aprovechar todos mis fugitivos instantes de docilidad, y cuya bondad tímida y enfermiza, premiaba cada pequeño esfuerzo mío tan espléndidamente como si fuera una acción heroica. Me parece verla todavía, siempre de negro, oprimida en un vestido muy liso, pálida bajo sus bandós castaño obscuro, hablando con voz lenta y suave y sonriendo casi dolorosamente, á fuerza de ternura. Mucho le costaron las primeras lecciones, como le costó hacerme ir á misa é inculcarme inciertas doctrinas de un vago catolicismo, algo supersticioso, por mi inquietud indómita; pero á poco cedí y me plegué, más que todo, interesado con los cuentos de las viejas sirvientas y los, aún más maravillosos, de una costurerita española, jorobada, que decía á cada paso «interín», que estaba siempre en los rincones obscuros, y en quien creía yo ver la encarnación de un diablillo entretenido y amistoso ó de una bruja momentáneamente inofensiva. «Interín» me contaban las unas las hazañas de Pedro Urdemalas (Rimales, decían ellas), y la otra los amores de Beldad y la Bestia, ó las terribles aventuras del Gato, el Ujier y el Esqueleto, leídas en un tomo trunco de Alejandro Dumas, mi naciente raciocinio me decía que mucho más interesante sería contarme aquello á mí mismo, todas las veces que quisiera y en cuanto se me antojara, ampliado y embellecido con los detalles en que sin duda abundaría la letra menudita y cabalística de los libros. Y aprendí á leer, rápidamente, en suma, buscando la emancipación, tratando de conquistar la independencia.
II
Acabé por acostumbrarme un tanto á la escuela. Iba á ella á divertirme, y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias á mí, se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma ó en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo ó la nariz, bolitas de pan ó de papel, cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar el salto ó lanzar el chillido provocados por la pluma, ó levantarse con la silla pegada á los fondillos, ó llevar la mano al órgano acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, veían en mí un ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente que, para atreverse á tanto, era preciso haber nacido con privilegios excepcionales de carácter y de posición.
Don Lucas tenía la costumbre de restregar las manos sobre el pupitre—«cátedra» decía él,—mientras explicaba ó interrogaba; después, en la hora de caligrafía ó de dictado, poníase de codos en la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las manos, como si su cerebro pedagógico le pesara en demasía. Observar esta peculiaridad, procurarme pica-pica y espolvorear con ella la cátedra, fueron para mí cosas tan lógicas como agradables. Y repetí á menudo la ingeniosa operación, entusiasmado con el éxito, pues nada más cómico que ver á don Lucas rascarse primero suavemente, después con cierto ardor, en seguida rabioso, por último frenético hasta el estallido final:
—¡Todo el mundo se queda dos horas!
Iba á lavarse, á ponerse calmantes, sebo, aceite, qué sé yo, y la clase abandonada se convertía en una casa de orates, obedeciendo entusiasta á mi toque de zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los tinteros—quebrada la inercia de mis condiscípulos,—mientras los instrumentos musicales más insólitos ejecutaban una sinfonía infernal. Muchas veces he pensado, recapitulando estas escenas, que mi verdadero temperamento es el revolucionario y que he necesitado un prodigio de voluntad para ser toda mi vida un elemento de orden, un hombre de gobierno... Volvía, al fin, don Lucas rojo y barnizado de ungüentos, con las pupilas saltándosele de las órbitas—espectáculo bufo si los hay,—y, exasperado por la intolerable picazón, comenzaba á distribuir castigos suplementarios á diestro y siniestro, condenando sin distinción á inocentes y culpables, á juiciosos y traviesos, á todos, en fin... Á todos menos á mí. ¿No era yo, acaso, el hijo de don Fernando Gómez Herrera? ¿No había nacido «con corona», según solían decir mis camaradas?
¡Vaya con mi don Lucas! Si mucho me reí de ti, en aquellos tiempos, ahora no compadezco siquiera tu memoria, aunque la evoque entre sonrisas, y aunque aprecie debidamente á los que, como tú entonces, saben acatar la autoridad política en todas sus formas, en cada una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque, si bien este acatamiento es la única base posible de la felicidad de las naciones, y en consecuencia de los ciudadanos, la verdad es que tú exagerabas demasiado, olvidando que eras, también, «autoridad», aunque de ínfimo orden. Y esta flaqueza es, para mí, irritante é inadmisible, sobre todo cuando llega á extremos como éste.
Una tarde, á la hora de salir de la escuela y á raíz de un alboroto colosal, don Lucas me llamó y me dijo gravemente que tenía que hablar conmigo. Sospechando que el cielo iba á caérseme encima, me preparé á rechazar los ataques del magíster hasta en forma viril y contundente, si era preciso, de tal modo que, como consecuencia inevitable, ni yo continuara bajo su férula ni él regentando la escuela, su único medio de vida: un arañazo ó una equimosis no significaban nada para mí—era y soy valiente,—y con una marca directa ó indirecta de don Lucas, obtendría sin dificultad su destierro de Los Sunchos, después de algunas otras pellejerías que le dieran que rascar. Considérese, pues, mi pasmo, al oirle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y académico lenguaje, ó, mejor dicho, prosodia:
—Después de recapacitar muy seriamente, he arribado á una conclusión, mi querido Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba á todos los demás), usted es el más inteligente y el más fuerte de la escuela, aunque no el más juicioso ni el más aplicado... No, no se enfade todavía, permítame terminar, que no ha de pesarle... Pues bien, usted que todo lo comprende y que sabe hacerse respetar por sus condiscípulos, mis alumnos, puede ayudarme con verdadera eficacia, sí, con la mayor eficacia, á conservar el orden y mantener la disciplina en las clases, minadas por el espíritu rebelde y revoltoso que es la carcoma de este país...
Aunque sorprendido por lo insólito de estas palabras, pronunciadas con solemne gravedad, como en una tribuna, comencé á esperar más serenamente los acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna celada.