—Pero no he querido—continuó don Lucas, en el mismo tono,—adoptar una resolución, cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente.
El aula estaba solitaria y en la penumbra de la caída de la tarde. Junto á la puerta, yo veía, al exterior, un vasto terreno baldío, cubierto de gramíneas, rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos anaranjados, y, al interior, la masa informe y azulada de los bancos y las mesas, en la que parecía flotar aún el ruido y el movimiento de los alumnos ausentes. Esta doble visión de luz y de sombra me absorbió, sobre todo, durante una pausa trágica del maestro, para preparar esta pregunta:
—¿Quiere usted ser monitor?
¡Monitor! ¡El segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la autoridad más alta en ausencia de don Lucas, quizás en su misma presencia, ya que él era tan débil de carácter!... ¡Y yo apenas sabía leer de corrido, gracias á mamita! ¡Y en la escuela había veinte muchachos más adelantados, más juiciosos, más aplicados y mayores que yo! ¡Oh! estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido honor, la proposición me pareció tan natural y tan ajustada á mis merecimientos, que la acepté, diciendo sencillamente, sin emoción alguna:
—Bueno, don Lucas.
Yo siempre he sido así, imperturbable, y aunque me nombraran papa, mariscal ó almirante, no me sorprendería ni me consideraría inepto para el cargo. Pero, deseando ser enteramente veraz, agregaré que el «don Lucas» de la aceptación había sido, desde tiempo atrás, desterrado de mis labios, en los que las contestaciones se limitaban á un sí ó un no, «como Cristo nos enseña», sin aditamento alguno de señor ó don, como nos enseña la cortesía. Y ésta fué una evidente demostración de gratitud...
Después he pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como un filósofo ó como un canalla: como un filósofo, si quiso modificar mi carácter y disciplinarme, haciéndome, precisamente, custodio de la disciplina; como un canalla, si sólo trató de comprarme á costa de una claudicación moral, mucho peor que la música de su pata coja. Pero, meditándolo más, quizá no obrara ni como una ni como otra cosa, sino, apenas, como un simple que se defiende con las armas que tiene, sin mala ni buena intención, por espíritu de conservación propia, y utiliza para ello los medios políticos á su alcance—medios poco sutiles á la verdad, porque la sutileza política no es el dote de los simples.—Para los demás muchachos, el ejemplo podía ser descorazonador, anárquico, desastroso como disolvente, porque don Lucas no sabía contemporizar con la cabra y con la col; pero ¡bah! yo tenía tanto prestigio entre los camaradas, era tan fuerte, tan poderoso, tan resuelto y tan autoritario, para decirlo todo de una vez, que el puesto gubernativo me correspondía como por derecho divino, y muy rebelde y muy avieso había de ser el que protestara de mi ascensión y desconociese mi regencia.
Comencé, pues, desde el día siguiente, á ejercer el mando, como si no hubiera nacido para otra cosa, y seguí ejerciéndolo con grande autoridad, sobre todo desde el famoso día en que presenté á don Lucas mi renuncia indeclinable...
He aquí por qué:
Irritado contra uno de los condiscípulos más pequeños, que, corriendo en el patio, á la hora del recreo, me llevó por delante, levanté la mano, y sin ver lo que hacía le di una soberbia bofetada. Mientras el chicuelo se echaba á llorar á moco tendido, uno de los más adelantados, Pedro Vázquez, con quien estábamos en entredicho desde mi nombramiento de monitor, me faltó audazmente al respeto, gritando: