Fuí á saludar, entretanto, al Presidente de la República, hombre encantador, de maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que, á primera vista podría creérsele débil, femenil. Me parece estarlo viendo, pequeñito, menudo, bien proporcionado, sin embargo, con la frente ancha, coronada por cabellos largos, negros y ensortijados, ojos llenos de inteligente viveza, bigote y perilla, negros también. Hablaba con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases tenían siempre un ritmo cantante. Así, cuando hablaba en público, era una delicia escucharle, porque se hubiera dicho que su oratoria era musical, persuasiva y tranquilizadora como una caricia.

Me habló de mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro país, siempre agitado por disensiones intestinas y ofreciendo un espectáculo de anarquía y violencia al mundo, que consideraba á las nuevas naciones de la América del Sur, y, sobre todo, á la nuestra, como grupos de chiquillos revoltosos, si no como tribus semiprimitivas, incapaces de comprender la libertad, y, por lo tanto, de gozar de ella. Y, sin duda, para no penetrar más en el fondo de las cosas y no hacer confidencias intempestivas á un jovenzuelo que era, al fin y al cabo, desconocido, se levantó, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volví á ver, pero conservo clara y viva la impresión que me produjo.

Poco duró mi permanencia en Buenos Aires, porque algunos dirigentes del partido me aconsejaron que volviera á mi provincia, donde podía hacer falta: la inminente rebelión de la capital porteña repercutiría, quizás en alguna otra parte, y aunque mi provincia estuviera al abrigo de todo temor y toda sospecha, como defensora decidida de la causa nacional—eran sus palabras,—nunca es malo estar prevenido, y en épocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto. Me fuí, pues, y véase cómo asocia uno egoísticamente á sus pequeñas necesidades, los más grandes intereses colectivos: me fuí haciendo votos porque estallara no una revolución, sino toda una guerra civil, convencido de que en esta tragedia me sería más fácil desenlazar mi dramita íntimo, de acuerdo con mis deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso.

En la ciudad me esperaba una carta de don Higinio, todavía ignorante de la desgracia que lo amenazaba. La abrí, no sin recelo. Se refería al negocio de la chacra, que marchaba muy bien, gracias á su «muñequeo». Había conseguido que la misma oposición clamara por la apertura de las calles, creyendo hacerme daño al desmembrar «una posesión feudal, que, como los castillos medioevales, dominaba al pueblo de Los Sunchos, aunque sin protegerlo ni servirle, sino á modo de dique contra su desarrollo natural». La Municipalidad fingía indignarse mucho contra aquella pretensión; pero estaba, naturalmente, pronta á ceder en cuanto él lo indicara. No era oportuno todavía, si se quería obtener una buena indemnización.

Contingencia feliz é ingrata á la vez, que me dejó perplejo. Agregábase un elemento más á mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el fondo, mi resolución fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia política necesitaba todavía, don Higinio, que, como buen criollo, era muy capaz de vengarse sangrientamente de mí, preparando este brillante negocio, me obligaba aún más á contemporizar con él. ¿Cómo salvarme del compromiso, cómo ganar tiempo, al menos?... Á fuerza de buscar, se me ocurrió una idea luminosa, y escribí á la muchacha, en una forma ambigua, sólo clara para ella, diciéndole que más que nunca guardara su secreto, y á don Higinio preguntándole si iría pronto á la ciudad, pues me urgía hablarle de un asunto muy importante que no podía tratarse por cartas, pero que tampoco era cuestión de días más ó menos. Un «se trata de mi felicidad», debía sugerirle el tema probable de la entrevista.

Me precipitaba hacia el escándalo, precisamente para contrarrestarlo, y elegía la ciudad, donde las cosas más graves, las que serían catástrofes en una aldea, pueden pasar inadvertidas, y donde toda defensa es más fácil. En aquel teatro se equilibraban mejor nuestro poder y nuestras armas.

Como lo había supuesto, el viejo se precipitó á la cita. Creo que estaba más contento que la misma Teresa, pues creía realizar un sueño de muchos años y crear para sus nietos toda una aristocracia, dándoles al propio tiempo gran fortuna, elevada posición y un nombre envidiable, un apellido patricio.

—¡Don Higinio!—exclamé al verlo.—Mi asunto no corría tanta prisa.

—No—dijo ladinamente.—Si he venido por otras muchas cosas; y de paso es natural que te pregunte lo que querés.

—Yo hubiera debido ir á Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis ocupaciones de la Cámara me lo impiden.