Escuché desde entonces los discursos con menos respeto, y comencé á comprender como por vaga intuición, que aquello no valía nada, que yo podría hacerlo mejor sin mucho esfuerzo, sin todo ese trabajo de años á que Vázquez se refería. Y resolví ponerme á leer discursos parlamentarios. La indigente biblioteca de la Legislatura, compuesta de unos pocos centenares de volúmenes, me proporcionó los diarios de sesiones del Congreso: devoré á Sarmiento, Avellaneda, Rawson, Mitre, Vélez Sarsfield; leí docenas y docenas de discursos, reteniendo más las frases que la doctrina y creándome un repertorio de lugares comunes que pudieran no parecer tales. Compré también algunos libros de Castelar, una traducción de Cicerón, otra de Mirabeau, y me puse á leer la Historia de la Revolución Francesa, que entonces me entretenía como antes las novelas de aventuras. Los discursos de la Convención me enriquecieron notablemente, y traté de imitar su vehemente entusiasmo, su heroica entereza, en la forma de los míos. Siempre que hablaba en la Cámara era como si la patria estuviese en peligro; los otros «buenos oradores», escasos entre mis colegas, hacían, por otra parte lo mismo, de modo que, á propósito de la construcción de un camino ó de cualquier otro detalle, las sesiones de nuestra humilde Legislatura, alcanzaban el diapasón de las más vibrantes y memorables de la historia.
Un discurso que pronuncié sobre el estado de las escuelas primarias en la provincia, mereció que algunos corresponsales escribieran á Buenos Aires, y dos ó tres diarios me dedicaran palabras elogiosas en los sueltos. Éste fué el mayor espolazo que haya recibido mi ambición, desde entonces pronta á desbocarse. Me propuse conocer la capital, los hombres de gobierno, el presidente de la República, ciudadano de gran talento, elocuentísimo orador él también, y ¡quién sabe! quizás abrir una brecha que me permitiese lanzarme á la conquista de aquel emporio, y triunfar, y ser allí lo que había sido en Los Sunchos, lo que era en mi ciudad provinciana, si no el primero, uno de los primeros, con un porvenir de gloria y de grandeza.
Vivía exclusivamente para la política; sólo en ella pensaba, estuviese donde estuviese, trabajando ó divirtiéndome, amando ó durmiendo, porque hasta mis sueños eran políticos, y mis amoríos buscaban mayor influencia y más poder para mí. Ningún detalle me parecía nimio, y todo, hombres, cosas, hechos iban almacenándose en mi memoria, que tengo magnífica. Ahora mismo podría contar la vida y milagros de centenares de personas, tanto altamente colocadas cuanto modestas y aun insignificantes. Formaba mi arsenal, con avidez y con paciencia, y comenzaba á utilizarlo para avezarme á su manejo.
Como aprendizaje del uso de mis armas, escribía en «Los Tiempos», diario que era una reproducción agrandada de «La Época» de Los Sunchos, y mis sueltos incisivos, mordaces, casi siempre animados con una anécdota verdadera ó imaginada, se destacaban del resto de aquella prosa indigesta y burda, lana de colchón con que se rellenaban las columnas del periodicucho. Mi fama comenzó á cundir, y ya muchos me consideraban como una personalidad naciente, mientras que otros me tenían como á un muchacho mal educado é insolente, capaz de las mayores desvergüenzas.
Entretanto, mamita, Teresa, don Higinio, Los Sunchos quedaban muy lejos, allá atrás, allá abajo, como perdidos en la bruma para siempre. Sólo, de tiempo en tiempo, una carta de Teresa venía á sobresaltarme, á turbarme un momento: su secreto, nuestro secreto, iba á dejar de serlo; la verdad se impondría dentro de muy poco, y, desesperada, me suplicaba que fuera, que arreglara las cosas, que la salvara de toda una inminente tragedia...
¿Para qué me habría yo metido en semejante atolladero?
XVII
Me pareció oportuno realizar el proyectado viaje á Buenos Aires, antes de decidir lo que había de hacer. Pedí licencia á la Cámara y algunas cartas de presentación de mis amigos del Gobierno para los «ases» de la gran capital. Con esto, mi diploma de diputado, mi calidad de periodista y mi apellido patricio, salí, seguro del éxito, en busca de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas del mundo oficial y las de muchos salones provincianos, abriéronse de par en par ante mí. Visité á varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera tenían noticia de mí, pero que me recibieron deferentemente, poniéndose á mi disposición y dando por cumplidos todos sus deberes con esta manifestación de cortesía.
Buenos Aires estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirábase allí una atmósfera candente, nuncio de una tempestad. Los ciudadanos se adiestraban en el uso de las armas y en el ejercicio militar, á vista y paciencia del Gobierno de la nación, contra quien iban, impotente para reprimirlos sino con una medida de fuerza que hubiera sido señal de la revolución, quizá de la guerra civil. Las antiguas desavenencias mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacían crisis, y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no cabían los dos grandes poderes, el nacional y el porteño, que se disputaban la hegemonía, y el drama político empezado desde los albores de la independencia, corría rápidamente á su desenlace. ¿Cuál sería éste? ¿Triunfaría la altiva Buenos Aires sobre todo el resto del país, imponiéndose como la cabeza pensante á los demás miembros del cuerpo? ¿Lograríamos los provincianos abatir su orgullo y hacerla entrar en razón? ¡Arduo problema cuya solución parecía exigir sangre!