Entretanto me preocupaba y me urgía la aprobación de mi diploma, pues no creería en mi buena suerte mientras no me viera en mi banca de diputado. É interrogaba á todo el mundo, con aire indiferente, si á su juicio se presentarían ó no dificultades.
—¡Qué se han de presentar! Su diploma es como una carta en un buzón.
No decían en el Correo, porque el correo era entonces una verdadera calamidad.
Asistía como interesado espectador á las sesiones preparatorias de la Legislatura, mucho más divertidas que el resto de la monótona vida provinciana—salvo los amoríos, los bailes y las francachelas,—y me paseaba en antesalas, trabando relación con mis colegas futuros. Allí se tomaba mate interminablemente, y se hablaba de política, de chismografía social, mezclado esto con las viejas anécdotas de que somos tan golosos los provincianos.
El «recinto» de la Cámara era, en una casa vieja de pretencioso frontispicio Renacimiento, un salón cuadrado, disfrazado de anfiteatro mediante unas barandillas de madera que dejaban á disposición de la barra el fondo y los rincones, llenos de largos escaños. Las «bancas» ó asientos de los padres conscriptos eran una especie de pupitres de escuela, colocados en tres filas semicirculares y decrecientes, las mayores á lo largo de la barandilla, las menores, naturalmente, en el centro, dejando en medio un espacio vacío. En el testero del salón, sobre la larga mesa de la presidencia, el gran retrato al óleo de un prócer de la provincia. ¡Qué majestuosa me pareció aquella sala la primera vez que entré en ella, con el pecho algo oprimido, como quien penetra en un antro misterioso! ¡Y con qué religiosa atención escuché lo que se decía, pagando la chapetonada y conquistando así el derecho de no hacerlo más tarde!
Los diputados decían sucesiva y enfáticamente una docena de sandeces, que entonces me parecían rasgos de elocuencia, tal es el prestigio del poder. Eligieron la mesa y comenzaron á discutir las actas de las elecciones, por mera fórmula, según me dijera misia Gertrudis: bien se veía que todos se habían puesto de acuerdo antes de entrar en sesión. Mi diploma era uno de los pocos que parecían peligrar, porque las elecciones de Los Sunchos habían sido, como de costumbre, protestadas por la oposición abstinente. Cuando me tocó el turno fuí invitado á entrar en el recinto para defenderlo. Como todos mis eminentes colegas habían sido electos más ó menos en la misma forma que yo, y habían pasado sobre iguales protestas, no les fué difícil convencerse de la legalidad de mi mandato, y de que:
«La impotencia hipocondríaca y perversa de cuatro ciudadanos egoístas y malos patriotas, hez de la sociedad, alejados de la opinión pública y desdeñados y aborrecidos por ella, como se hace con una víbora venenosa, los obliga á adoptar el único medio de fingirse vivientes, firmes y numerosos, de mostrarse engañosamente al pueblo como una fuerza respetable: la cínica protesta de una elección legal, en que se ha respetado la inmaculada pureza del sufragio, protesta que lleva al pie el nombre de cuatro individuos insignificantes, que quizá no sean ni siquiera electores, y la falsa afirmación de «siguen las firmas», testimoniada por un escribano sin fe, sin carácter, sin probidad. ¡No hay firmas, no hay hombres, no hay ciudadanos, señor Presidente!...
—¡Las firmas están!—gritó una voz desde la barra.
—«Habrá... habrá nombres inventados, nombres supuestos que no figuran en el padrón. ¡No, no hay ciudadanos, señor Presidente! Sólo hay ambiciones inconfesables, y, como ya dije, la rabia feroz de la impotencia. (Muy bien en las bancas). Vengo á apoyar decididamente al Gobierno que nos rige con general aplauso. Esto es sabido, y esto despierta contra mí el odio de los que quisieran substituirse á él. Esos cuatro fomentadores de anarquía son, pues, mis enemigos naturales. Entretanto, el Gobierno actual cuenta con la inmensa mayoría del pueblo, y ésa es la que me ha elegido por mis opiniones. No declarar legítimo mi mandato sería sospechar de impopularidad al mismo poder ejecutivo que aclaman las muchedumbres entusiastas y del que quiero ser modesto, pero abnegado colaborador.»
Esto lo copio de la versión taquigráfica, corrigiendo apenas el estilo, no por presunción, sino porque me gustan las buenas formas, lo que podría llamarse el aseo en la ropita oratoria. El fondo era así, vago, indeterminado é insultante para los adversarios. De más está decir que, como en mi célebre examen de ingreso, allí también pasé por unanimidad. Presté juramento y me senté por fin en «mi banca». Era, definitivamente, un personaje.