—¿Quisieras verte en mi lugar, eh?—le dije, enfadado, con tono de superioridad hiriente, significándole que debía tener su poco de envidia.

—¿Yo? No creas. ¡Te va á costar tanto trabajo mantenerte á la altura de tu puesto!... Yo no aceptaría por nada, á nuestra edad, un cargo tan lleno de responsabilidades... ¡Hacer buenas leyes y gobernar bien al pueblo! No; es una tarea inmensa, un sacrificio enorme. Solón ha dicho...

—¡No me importa lo que diga Solón, señor estudiante!—interrumpí, rabiando por la solapada y sangrienta ironía que creí ver en sus palabras.—¿Acaso los demás diputados se preocupan de semejantes tonterías? ¡«Sos» un pavo que nunca sabrás vivir, y no te das cuenta de nada! No todos han de proyectar las leyes desde el primer momento, y cualquiera, con un poco de sentido común, puede saber si son buenas ó malas las que se le presenten...

—¡Oh! Ese papel está bueno para los burros que no tienen decoro ni aspiraciones, no para un muchacho como tú, inteligente y de corazón, que puedes ser más tarde muy útil á tu tierra. No, Mauricio, no te envidio, por ahora. Hay que prepararse mucho para tareas así, y yo no estoy preparado; apenas si empiezo á aprender... Dentro de algunos años no digo que no. Pero, ahora, lo principal es estudiar.

—Sí, las cosas viejas de los libros viejos, las antiguallas del tiempo de Mari-Castaña. ¡Vaya una sabiduría!

—De lo viejo ha salido lo nuevo. Lee el Espíritu de las leyes de Montesquieu y verás.

—En fin, Vázquez, no estamos de acuerdo.

Esto lo dije con blandura, convencido de que no llevaba mala intención, esforzándome por ser afectuoso, pero con ganas de darle unos sacudones por burlón si se reía de mí, por tonto si hablaba en serio. Cuando nos separamos me fuí, sin embargo, rumiando lo que había dicho, prometiéndome leer á Montesquieu, y confesándome que sabía muy poco para legislador, aunque no mucho menos que la mayoría de mis colegas.

La ciudad se me presentaba completamente distinta de la otra vez, y mi individualidad no había sufrido las antiguas torturas al verse empequeñecida, suprimida casi. Muy al contrario, mi yo se agigantaba, pues ocupando, relativamente, el mismo lugar que en mi pueblo, el escenario más complejo y vasto me daba mucha mayor significación, para mí mismo y para los demás. El trasplante me favorecía esta vez, enriqueciéndome y vigorizándome. Había ganado en todo, hasta en lo que á sensualismo y diversiones se refiere. Las costumbres eran allí más fáciles que en Los Sunchos—hablo de la gente de cierta posición,—y no dejé de aprovechar esta circunstancia. El éxito es una aureola que deslumbra á muchas mujeres, y mi brillante aparición en la escena política, á una edad en que otros no se han puesto, casi puede decirse, los primeros pantalones largos, me hizo el niño mimado de las damas. Algunas me concedieron amables entrevistas matinales ó á la hora de la siesta, momentos propicios si los hay, porque generalmente los maridos sólo temen la infidelidad nocturna... ¡Cuánto gracioso impudor en algunas que, para el cónyuge serían, sin duda, de una desesperante mojigatería!... Pero no se exagere el alcance de estos párrafos. Más que inmoralidad, más que licencia en las costumbres, debe verse en todo aquello una simple exteriorización de primitiva ingenuidad, una especie de regresión al estado natural, coadyuvada, si no fomentada, por la completa remisión de los pecados, en la que nadie dejaba de creer. Y si lo cuento es, sólo, porque estas aventuras pasajeras ahuyentaban cada día más de mi cerebro la idea del matrimonio, mientras me alejaban, también, de Teresa, un poco por temor, un mucho por desdén que las comparaciones me inspiraban. Sin una pasión que ciegue, el matrimonio es un disparate, sobre todo en la primera juventud; con la pasión que ciega, es una locura en todo tiempo. Se me dirá que los hijos imponen el matrimonio, pero esto, en la actualidad, es un craso error, aunque antiguamente pudiera resultar exacto. Los hijos toman la vida como viene, y suelen tener mejores ejemplos en una unión libre, desligable á la primera falta, que en un hogar legítimo donde, al cabo de algunos años, marido y mujer no pueden aguantarse y tienen que aguantarse aunque se desprecien y se odien, cosa que disimularán á los extraños, á los mismos amigos, pero que resultará siempre evidente para los hijos... Pero no era mi intención meterme en estas honduras, sino sencillamente, decir que cada día me afirmaba más en el propósito de no casarme con Teresa—sobre todo con Teresa,—porque, ¿cómo arrostrar á sabiendas los peligros que veía ejemplarizados á mi alrededor, el infortunio, el ridículo, quizás ambos á la vez, sin una gran compensación?