El mate comenzó á circular. Yo estaba seguro de que llevaban un propósito interesado, y entre sorbo y sorbo, vencida al parecer por mis reiteradas instancias, doña Gertrudis consintió, al fin, en decirme cómo podía pagarles el honor de aquella visita y la refinada educación que me habían dado: Los tiempos estaban malos; sin sufrir miseria, lo que se llama miseria, no estaban, tampoco, en la abundancia ni mucho menos. Don Claudio había prestado, en diversas ocasiones, grandes servicios al Gobierno, y muchos personajes, entre ellos tatita, le habían prometido hacer algo por él; promesas que se había llevado el viento y que sólo mi padre hubiera cumplido, á no morir de tan trágica manera... Muerto él, á mí, su hijo y el hijo adoptivo, ó poco menos, de los Zapata, me tocaba esa herencia. Don Claudio era muy modesto—¡demasiado modesto, por eso lo dejaban en un rincón!—y se contentaría con una insignificancia cualquiera. Bastaría, por ejemplo, con que yo, diputado influyente á quien el Gobierno no podía negar nada, lo hiciera nombrar juez de paz de su parroquia. El puesto estaba vacante.
—¡Pero, señora!—objeté por hacerla hablar, —en primer lugar, todavía no soy diputado, porque las elecciones no han sido aprobadas.
—¡Oh! ¡eso es una simple formalidad!
—No tan simple... En segundo, no sé si tengo ó no tengo influencia con el Gobierno, porque todavía no lo he tanteado...
—¡Bah! ¡Eso está visto! ¡Un Gómez Herrera!
—Y en tercero, don Claudio no remediaría nada, pero absolutamente nada, con el puesto. Las funciones de juez de paz son gratuitas.
Mísia Gertrudis me miró como si quisiera devorarme, y lentamente, meditando para no decir las atrocidades que pensaba, replicó:
—¡No le hace!... Claro que el puesto en sí no ha de darle un real... Claudio no es de ésos que aprovechan, ¿no es verdad, Claudio? y son capaces de quitarles hasta la camisa á los pobres que tienen una demanda... Pero, como juez de paz tendrá otra espectabilidad, podrá hacer muchos servicios, y esto le facilitará alguno que otro negocio que nos saque de apuros.
La escena me divirtió tanto que prometí darles lo que me pedían en cuanto me fuera posible, si llegaba á tener influencia en el Gobierno. Y, como quien hace una diablura, meses después di á don Claudio el nombramiento de juez de paz para gozar con sus sentencias salomónicas ó sanchescas, y con sus coimas inverosímiles. Adelantaré aquí, aprovechando la oportunidad, que se hacía pagar por todo el mundo, por el demandante y el demandado, por el condenado y por el absuelto, y esta igualdad ante la ley es la mejor prueba posible de su ecuánime imparcialidad.
No fué tan grato mi primer encuentro con Pedro Vázquez, estudiante entonces de derecho en la Facultad de una provincia vecina, y que había ido á la ciudad de paseo. Como todos los demás, me felicitó por mi rápida carrera, pero con cierto aire burlón, que yo tomé por crítica ó protesta muda.