—¿Dónde encontrar ese hombre?

—¡Vamos, Gobernador! ¿No lo tiene delante?

—¿Usted? ¿Usted se considera capaz?...

—¿De sofocar ó de impedir una revolución? ¡Sí, Gobernador, muy capaz! Si usted me da la jefatura de policía y me deja completa libertad de acción, le aseguro que antes de quince días todo estará más tranquilo que nunca. Pero, ¡eso sí! ¡nada de escrúpulos tontos y carta blanca para mí! Habrá que meter bastante gente en la cárcel.

—Pero, la opinión...

—¡Bah! En las circunstancias actuales hay que hacer la pata ancha; además, no pueden ser más favorables, porque con la agitación completa del país, un detalle más uno menos, viene á ser la misma cosa. ¡Déjeme hacer, Gobernador, y verá como todo sale bien!

—¡Bueno... lo pensaré!—murmuró, perplejo.

—No. No es cuestión de perder tiempo. Hay que decidirse. Nómbreme ó no me nombre á mí, don Mariano Villoldo no puede quedar en su puesto si usted quiere seguir en el gobierno. Es cuestión de días, quizá de horas, y puede que en este mismo momento se esté preparando la ratonera.

—¡Bien! ¡Está dicho!... Voy á llamar á don Mariano, y mañana será usted jefe de policía.

—Entendido que conservaré mi banca en la Legislatura...