—¿Cómo? ¿Y la Constitución?

—Es un librito, decía el viejo Vélez. La Constitución no dice que un diputado no puede ser jefe de policía. Y aunque lo dijera, en circunstancias tan excepcionales... Me interesa conservar el puesto por si algún día dejo la policía... ó á usted se le antoja quitármela...

—En fin, la Cámara decidirá.

—No. Si ahora mismo voy á pedir licencia por tiempo indeterminado. ¡Y carta blanca, eh! ¡Necesito poder obrar resueltamente, como un rayo, en el momento oportuno!...

Don Mariano Villoldo renunció aquella noche, á pedido del Gobernador, y al día siguiente comencé á ejercer mis nuevas funciones de jefe político de la provincia, con gran sorpresa de todo el mundo, porque nadie se explicaba tan enorme salto. Abundaron las críticas, porque «un mocozuelo» al frente de la policía no podía hacer más que barrabasadas. Pero dejé hablar y me dediqué á reorganizar mi gente, valiéndome de los comisarios y oficiales en quienes se podía tener confianza. La tarea era ardua, tanto más cuanto que debía llevar de frente al propio tiempo, las averiguaciones de lo que tramaba la oposición, y hallar ó inventar una buena oportunidad para poner presos á los cabecillas, secuestrarles las armas y quitarles las ganas, por un tiempo, de meterse á revoltosos. Día y noche pasaba en el despacho, dando órdenes, escuchando partes y confidencias, recibiendo espías, amonestando á subalternos dudosos, pero de quienes todavía se podía esperar algo. Hasta dormía en mi despacho, para estar «al pie del cañón». Los opositores se reunían unas veces en una parte, otras en otra, nunca dos días en el mismo sitio, pero no me sería difícil sorprenderlos en cuanto quisiera, pues no me faltaban indicaciones oportunas del local elegido. Sin embargo, no precipité las cosas, para no dar golpe en vago ni provocar demasiada crítica.

En esto, sobrevino el rompimiento entre el Gobierno Nacional y el de Buenos Aires, como si quisieran servirme exclusivamente á mí, tanto en los asuntos privados cuanto en los políticos. Llegóme, aun antes que al Gobernador, noticia de los sucesos: el Presidente de la República, sus ministros y gran parte del Congreso habían abandonado la ciudad rebelde que se fortificaba, y á la que ponía sitio el ejército de línea. La lucha iba á ser terrible, pues los porteños parecían dispuestos á no cejar y tenían numerosas fuerzas de guardias nacionales, de voluntarios criollos y extranjeros, y algunas tropas veteranas. La ciudad estaba rodeada de fosos y trincheras y los puestos avanzados defendidos estratégicamente. Era una revolución en regla, como no la había habido desde muchos años atrás, y como era de temerlo, dados los largos y ostensibles preparativos... El país entero se hallaba bajo el estado de sitio.

En cuanto supe esto y antes de que pudiera hacerse público, renuncié á esperar otra oportunidad, y ya no traté de tomar reunidos á los presuntos revolucionarios. Usando de los plenos poderes que tenía, impartí mis órdenes, y corrí á casa de Camino, para darle cuenta de lo que acababa de hacer.

—En estos momentos—le dije,—sacan de sus casas á todos los jefes de la oposición, y por mi orden los llevan á la policía. Puede V. E. estar tranquilo. Aunque no tema el más ligero disturbio, le mandaré un piquete para su custodia, bajo las órdenes de un hombre de confianza. ¡Todo va bien!

Quiso pedirme mayores datos, pero dejé los detalles para más tarde, limitándome á decir que Buenos Aires acababa de sublevarse, como se temía, y agregando: