—Ya comprende, Gobernador, que con los sucesos de Buenos Aires todo está justificado y nadie tendrá nada que decir. En cuanto secuestre las armas, y después de tenerlos un tiempo á la sombra, para que aprendan á no meterse á sonsos, los pondremos en libertad y ya no volverán á alborotar en muchos años.
—Sí, pero, ¿y los ministros?
—¡Valiente preocupación! Reúnalos y dígales... Están acostumbrados á callarse y aprobar.
Cuando volví á mi despacho comenzaban á llegar á la policía los primeros detenidos, unos protestando enérgicamente contra el «atropello», el allanamiento de su casa sin orden de juez, la violencia contra sus personas, otros asustados y temblando, como criminales, los menos serenos y dignos, diciéndose que desde un principio sabían á lo que se exponían, algunos, por fin, suplicando que los pusieran en libertad, porque ellos «no habían hecho nada», como los muchachos de la escuela. En casos así, los gobiernos de provincia solían no ser muy blandos que digamos, y vejaban á los opositores presos, encerrándolos en calabozos inmundos, maltratándolos, obligándolos á hacer las tareas más viles, como limpiar los excusados ó barrer las aceras y la plaza pública. Esto se explica. Las autoridades, y especialmente la policial, estaban siempre en manos de hombres rudos y toscos que habían ido, á veces desde años enteros, amontonando rencores, y deseaban vengarse de desaires y desprecios no por lo disimulados menos hirientes y sangrientos. Yo no tenía nada que vengar y quise ser buen príncipe. Ordené que se tratara á mis prisioneros con toda consideración, que se les alojara lo mejor posible en las oficinas, que se les permitiera hacerse llevar cama, ropa y comida, todo esto manteniéndolos, sin embargo, incomunicados con el exterior, y hasta me digné hacer que uno de mis subalternos les diera noticia de la revolución bonaerense, y les explicara que el Gobierno se veía obligado á tomar precauciones excepcionales, para la seguridad del país.
Entretanto, valiéndome de lo que habían descubierto mis espías y, sobre todo, de lo que me revelaron algunos conspiradores débiles de carácter, por librarse del castigo, y otros venales, por obtener recompensas, supe dónde estaban ocultas las armas—casi todas,—y las hice recoger. La conspiración quedaba sofocada: teníamos quince ó veinte opositores de significación detenidos, y habíamos secuestrado un centenar de fusiles viejos, casi inservibles, y otras tantas lanzas hechas con cañas tacuaras y tijeras de esquilar.
En medio de toda esta agitación, tuve una sorpresa que en un principio me fué ingratísima, pero que me llegaba, precisamente, en el momento más favorable para mí, como no tardé en comprenderlo. Mi despacho estaba lleno de gente, cuando un ordenanza me anunció que don Higinio Rivas deseaba hablar conmigo. Había sonado la hora trágica. Un momento estuve por retardarla, no recibiendo al viejo, pero me pareció demasiada cobardía, y mirando al destino cara á cara, le hice entrar, sin despedir á mis subalternos.
Casi no reconocí á don Higinio. La enfermedad lo había adelgazado y debilitado mucho, y las preocupaciones, los sinsabores, el amor propio herido, después de provocar un paroxismo de rabia, lo habían dejado como inquieto y vacilante. Su cara de león manso, alargada y arrugada, expresaba más bien melancolía que fiereza, y sus ojillos negros, bajo las cejas blancas é hirsutas, no se fijaban ya ni resueltos ni investigadores, sino que vagaban indecisos, de una á otra persona, de uno á otro objeto.
—Quiero que hablemos solos—me dijo después de saludarme desabridamente.
—Un momento, don Higinio, y estoy á su disposición. Tengo que dar algunas órdenes... Pero siéntese... Las circunstancias son tan graves... Afortunadamente, no tengo secretos para usted...
Di, entonces, con exagerada prosopopeya mis últimas instrucciones á comisarios y oficiales, y me pareció conveniente—más por don Higinio que por otra cosa,—extremar las disposiciones guerreras ofensivas y defensivas: dispuse el acuartelamiento de los vigilantes con las armas en la mano, la instalación de cantones en los puntos estratégicos para defender la casa de Gobierno, la Municipalidad, la policía, el Banco, los domicilios del Gobernador y los Ministros. Con esto, entraban y salían empleados, presurosos, con aire importante, y don Higinio, sorprendido, escuchaba con creciente atención, tanto que su rostro comenzó á animarse y á tomar la astuta y resuelta expresión de antes. El «politiquero», el caudillo despertaba en él. No me había equivocado al esperarlo.