Para remachar el clavo, en una larga partida con varios personajes venidos de Buenos Aires, perdí cierta noche unos diez mil pesos (no eran diez mil pesos, en realidad, sino su equivalente, no adoptado aún el actual sistema monetario), y para pagar me vi en las más graves dificultades. Ya desesperaba de conseguir un préstamo tan crecido, cuando me acordé de Vázquez, y acudí á él, como último recurso, pensando que sería de buena política ocultarle la verdadera causa de mis apuros.
—Quiero instalarme bien—le dije,—poner una casa decorosamente amueblada, y me acosan al propio tiempo algunas deudas apremiantes. Tú sabes que tengo con qué responder y que no estoy en el caso de trampear á nadie; pero te agradeceré como un señaladísimo servicio que me prestes veinte mil pesos, lo más pronto posible. ¿Los tienes? Porque no dudo que, á tenerlos, me los prestarás inmediatamente...
—Haces bien en no dudar; pero, por el momento, no los tengo—me contestó.—Habría que esperar...
—¡Es que el caso es urgente, muy urgente!
—Entonces, no se trata sólo de instalarte.
—Ya te dije que tenía algunas deudas de honor.
—¡Vaya! ¡sé franco! ¿has jugado y has perdido?
No vacilé, entonces, en decirle la verdad.
—Es cierto—exclamé.—Por eso hablaba de una deuda de honor. Tienes buen olfato. ¿Podrás, aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme esos pesos dentro de las veinticuatro horas? ¿de las doce, mejor dicho, porque ya llevo otras doce perdidas?
—Sí. Acompáñame, y los tendrás.