Fué á ver á uno de sus parientes, que no vaciló en prestarle la suma, sobre sólidas garantías probablemente, porque los viejos de mi provincia no soltaban el dinero así como así, ni aunque se tratara de su padre. Abreviando: aquella misma tarde pude pagar á mis ganadores, quedándome con una cantidad importante, que me permitiría comenzar á poner casa, como era, en realidad, mi deseo, y, buscando el desquite, hacer una que otra partidita. Vázquez no quiso aceptar pagarés, ni siquiera un recibo...

Yo había vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado, pero esto me traía más de una seria dificultad, pues no me hallaba «en mi casa», y todos mis actos se veían continua y necesariamente fiscalizados, no sólo por la servidumbre, más ó menos fiel y discreta, al fin y al cabo, sino también por los extraños que iban á hospedarse allí. Aunque mi departamento estuviera relativamente aislado, sin otros aposentos vecinos, al fondo de uno de los grandes patios de la vetusta casa de familia, transformada en hotel de la noche á la mañana, era imposible impedir que los huéspedes pasaran á menudo por mis dominios, y, más que todo, que vieran quién entraba y quién salía de mis habitaciones. Tomé, pues, una casita en una calle poco frecuentada pero muy céntrica, y la amueblé, aunque modestamente, con las mayores comodidades que entonces podían conseguirse en provincia. Hice, también, arreglar el pequeño jardín que, con sus cuatro higueras, sus seis perales y su grupo de «albarillos», extendiéndose detrás de las habitaciones, iba á dar á otra calle, más solitaria aún que la primera. Tenía así casa y garçonnière al propio tiempo, y como jefe dirigente de todo aquello, puse á mi antiguo compinche Marto Contreras, el hijo de mi amigo el mayoral de la diligencia de Los Sunchos, que—aspirando á la dignidad de «vigilante», como á un bastón de mariscal,—me había pedido muchas veces que lo llevara á la ciudad, y hombre en quien podía confiar tan ciegamente como Camino en su asistente Cruz.

Hecho esto, sintiendo de nuevo la escasez de fondos, resolví pensar seriamente en mis asuntos de interés, y darme cuenta exacta del estado de nuestra fortuna.

Don Higinio había preparado muy hábilmente el negocio de la chacra, obligado punto de partida de nuestro posible enriquecimiento, pero en los últimos tiempos lo dejó completamente de mano, como es natural, aunque—debo decirlo en honor suyo,—sin destruir, la obra con vindicativo espíritu, quizá por ingénita caballerosidad, quizá porque abrigara aún la esperanza de verme yerno suyo, quizá también porque yo era ya demasiado fuerte para hacerme la guerra con armas pequeñas y miserables. Había que herirme de muerte ó no tocarme, sin término medio. Entretanto, como nadie se ocuparía del negocio si no me ocupaba yo, resolví ir á Los Sunchos, á darle la última mano, aprovechando la noticia de que la oposición, lanzada años atrás en ese camino por la habilidad de Rivas, reclamaba á gritos la apertura de las calles que mi chacra interceptaba, sin darse cuenta de que así hacía precisamente el juego de uno de sus enemigos. En mi carrera política, muchas veces he tenido oportunidad de ver producirse este fenómeno, más común de lo que se creerá. No hay mejor colaborador que el adversario, cuando uno sabe servirse de él.

Un día, pues, salí para Los Sunchos, con toda la pompa que exigía mi alta posición de diputado y jefe político, aunque con la aparente modestia que cuadra á un demócrata criollo. Fuí á caballo, vestido de bombacha, poncho, chambergo y botas, pero llevando conmigo una pequeña escolta, como que iba «en misión oficial» á realizar una visita de inspección á las policías de los departamentos, y especialmente del mío. Era bueno no dejar que aquellos «tigres» supieran exactamente mis propósitos, porque eran capaces de «coimear» á la misma madre, y aunque yo estuviese resuelto á darles algo, no llegaba mi desprendimiento hasta dejarles «mañas libres», como suele decirse alrededor del tapete verde.

Noticiosas de mi llegada, las autoridades locales me aguardaban con una gran recepción. Algunos funcionarios salieron á caballo hasta las afueras del pueblo, como se hacía con los antiguos señores, y me acompañaron hasta la Municipalidad, donde se había preparado un «refresco», y donde estaban reunidos numerosos vecinos, con la infaltable banda de música.

Allí hubo abrazos, apretones de manos, aclamaciones, brindis, marchas triunfales, Himno Nacional y un largo discurso encomendado de antemano á mi amigo, el galleguito de la Espada, quien me llamó «orgullo de Los Sunchos, hijo predilecto de la provincia y ahijado de la fortuna y de la gloria», provocando los aplausos entusiastas del partido oficial reunido para honrarme. Traté de escapar á estos agasajos, demasiado rústicos ya para mi incipiente refinamiento de funcionario de ciudad, pero no lo conseguí antes de sostener este corto diálogo con el director de La Época.

—¡Eres un ingrato!

—¿Por qué?—inquirí, sorprendido.

—Yo esperaba que me llevarías á la ciudad. ¡Esto no es vida! ¡Aquí me estoy malgastando!