—Pero, ¿qué harías allí?
—¡Toma! Dirigir, ó siquiera redactar algún diario. ¡Ya sabes que tengo dedos para organista! Allí te puedo ser muy útil, y aquí no te sirvo á ti, ni me sirvo á mí, ni sirvo á nadie. ¡Ea! ¡un buen movimiento, y búscame algo por allá!
—¡Pero hijo! ¡No me puedo llevar al pueblo entero, y ya sabes á cuántos he tenido que colocar... sin tener dónde! ¡Los Sunchos en masa se me cae encima!...
—¡Razón de más! Nadie te ha servido como yo. ¡Y eso es ingratitud, Mauricio!
Me lo decía con tal mezcla de seriedad y de jarana, que no pude menos que reirme y prometerle trabajar para que se fuera á la ciudad en buenas condiciones. Y escapé con el pretexto de abrazar á mamita, que estaría aguardándome ansiosa.
Lo estaba, efectivamente, y se arrojó en mis brazos llorando y riendo á la vez, sin atinar á decir otra cosa que «¡Mi hijito! ¡Mi hijito!» como si yo acabara de resucitar. Mucho me costó conseguir que calmara sus transportes y se sentara en aquel comedor desmantelado y pobre, tan lleno de recuerdos como vacío de muebles. Entonces pude verla. En la soledad había envejecido con una rapidez increíble. Diríase que era más baja, mucho más delgada, con la columna vertebral como un arco, y así, tan menuda, tan llena de arrugas, con sus bandós blancoceniciento, mi pobre vieja estaba «hecha una pasita». Sonreía, sin embargo, entre las lágrimas que seguían corriéndole por las mejillas descarnadas.
—¿Te quedarás ahora?—me preguntó.
—Sí. Unos cuantos días...
—¡Otra vez separarnos!
—Es preciso, mamita, si usted no quiere venirse conmigo á la ciudad... Yo no tengo nada que hacer en Los Sunchos...