Reiteré, en efecto, la visita, pero viendo que sólo muy á la larga podría sacar provecho de ellas, y, á pesar de su evidente interés,—las reuniones no podían ser más amenas,—resolví regresar, dejando, sin embargo, detrás de mí la convicción de que era un «elemento» con el que se podía contar en cualquier emergencia.

—¡Vaya sin cuidado! Yo lo conozco bien—fueron las últimas palabras del Presidente, que no volvió á recordarme, sin duda porque me conocía más que yo mismo, y sabía que no tenía nada que temer ni nada que esperar de mí.

¡Hacer que teman, hacer que esperen!—sésamo del éxito en política. Pero, ya lo he dicho, nadie nace sabiendo...

Con todo, este viaje, mi aparente intimidad con el Presidente—yo había cuidado de dar publicidad á mis visitas,—y las evidentes vinculaciones con entidades sociales y políticas de Buenos Aires, contribuyeron no poco á aumentar mi prestigio, y, por ende, á fijar sobre mí las miradas de la siempre envidiosa y díscola oposición. De vuelta en mi capital, de nuevo al frente de la policía, y dando los últimos toques al negocio de la chacra, reanudé mi vida de holgorio, jugando todas las noches en el club, aprovechando las oportunidades amorosas que se me ofrecían, no tanto en las altas esferas cuanto en los bajos fondos, más accesibles y mucho menos comprometedores, y mis rumbosidades y mis maneras de gran señor, molestaron á mucha gente. Así como me había hecho una corte de aduladores á todo trance, así también me hice de una falange de enemigos irreconciliables, hasta en las filas de mi propio partido y entre los mismos que me «bailaban el agua delante», como vulgarmente se dice. Estos resultan los peores, porque son los que están más al corriente de nuestra vida y milagros, conocen la falla de nuestra armadura, y suelen atacarnos en la sombra, con plena impunidad. Si no fuera por alguno de mis correligionarios envidiosos, nadie hubiera recordado, quizá, que yo conservaba aún mi banca en la Legislatura, y que éste era un hecho susceptible de ser probado, más que cualquier otra de las acusaciones de mala administración, de pésimas costumbres y lo demás que nunca falta en la foja de servicios de un alto funcionario, sea porque es realmente culpable, sea porque es «necesariamente» culpable para sus enemigos ó sus competidores. En suma, yo era un hombre muy discutido; pero eso, ¿qué quiere decir, y que querría significar ahora, si yo no hiciera aquí mis «Confesiones»? Á no tener defectos, me los hubieran inventado, y cualquier costumbre, hasta una virtud—por ejemplo, la discreción,—me la hubieran convertido en vicio, llamándola disimulo ó hipocresía. Parece que entre los hombres sólo hubiera un propósito: matar ó disminuir á los vivientes, que incomodan ó pueden incomodar, y divinizar y eternizar á los muertos, incapaces ya de molestar á nadie. Á los que parecen á punto de triunfar se les opone, por añadidura, los que comienzan; y éstos, á su vez, ya cerca del triunfo, se ven substituídos por los que fueron y no serán ya, y por los que, como ellos, serían posiblemente... si la serie no estuviera constituída en forma de cadena sin fin... En mi caso, se sacó á luz mi «olvido» de renunciar á la diputación, y el hecho inconcebible de que siguiera recibiendo la dieta, mientras cobraba también mi sueldo de jefe de policía, y «otras gangas». No tardé en darme cuenta del fondo de la intriga. Algunos correligionarios, asustados de mi creciente influencia, de mi elevación inusitada, habían buscado un competidor que ponerme delante, pero un competidor á su juicio más fácil de dominar que yo, si acaso alcanzaba el triunfo—error inevitable, alucinación en que caen los imbéciles que resultan derrotados ó sujetos á una fuerza mayor,—y habían dado con el flamante doctor, honra de su provincia, con mi amigo Pedro Vázquez. Así, los enemigos, por dar un mal rato al Gobierno, y los amigos por darme un mal rato á mí, recordaron en un momento dado que había una representación virtualmente vacante.

Mis competidores veían en Pedrito, al universitario teórico, que derramaría su elocuencia sin pedir nada en cambio, y que se dejaría llevar en la práctica por las narices; considerábanle, pues, mucho más conveniente que yo, que «no daba puntada sin nudo», y que utilizaba mis puestos sacándoles bien «la chicha». El gobernador Benavides, traído y llevado por los politiqueros, no tardó en convenir en que era necesario quitarme la diputación y dársela á Vázquez, pero, aunque decidido á hacerlo, buscaba la manera de no irritarme demasiado, de sacarme la muela sin dolor... del sacamuelas... Tan evidente me pareció de pronto la intriga, que quise precipitarla, haciéndola volverse en favor mío, hasta donde fuera posible. Y apenas lo pensé, cuando lo puse en planta.

Aleccionado por mis viajes á la capital, y por la frecuentación de los grandes «restoranes», preocupábame en la ciudad de refinar mis comidas, así como refinaba el vestido y las maneras. No sólo tenía en casa un cocinero que sabía preparar algunos pocos platos á la francesa, sino que en el hotel, en el club, en la fonda, exigía siempre cosas finamente hechas y bien condimentadas. Si ahora puedo reirme de mis primeros candorosos menús, ó, mejor dicho, minutas, entonces había muy pocos en provincia que supieran comer como yo, y que dieran á los vinos su colocación adecuada en una comida ó un almuerzo. Vázquez, cuyas tendencias fueron siempre aristocráticas, aunque él no lo quiera confesar, y que ama la vida confortable, advirtió desde su vuelta á la ciudad este refinamiento mío, y se propuso aprovecharlo, comiendo conmigo cuantas veces pudiera, aunque sin idea de gula: simplemente como un aprendiz de sibarita. Á la mesa, siempre lo mejor servida que era posible, y con los vinos más auténticos que se ponían al alcance de la mano, solíamos tener en menos, ¡cuán equivocadamente!, la sabrosa cocina provinciana y los caldos generosos que, como el Cafayate, son merecedores de toda una reivindicación. Pero también hablábamos de otras cosas, sobre todo, de María Blanco.

—¿No se te ha ocurrido nunca ser diputado?—le pregunté una tarde, mientras comíamos en el Club, solitario.

—¡Hombre! Creo haberte dicho una vez lo que pensaba al respecto... y que lo tomaste bastante á mal.

—Sí, pero me parece que ahora habrás cambiado un poco de opinión... Sobre todo tú, que eres doctor, que has estudiado, verás figurando en las Cámaras á muchos que valen menos que tú, más, menos de lo que yo valía cuando me hicieron diputado.