—Es verdad... Los hechos están ahí... No es posible negarlos...
—En ese caso, ¿aceptarías una diputación?
—¡Vaya una pregunta! Eso se piensa cuando viene el ofrecimiento.
—Y es el caso.
—¿Cómo?
—Sí. Yo te ofrezco la diputación. ¡Yo-te-la-o-frez-co!—repetí, recalcando cada sílaba.
—¡Déjate de bromas!
—No son tales.
Le conté entonces cómo estaba, en cierto modo, vacante la diputación de Los Sunchos, y cómo podía él resultar diputado sin tener que competir con un tercero, amigo ó enemigo de la situación. No me quería creer. Y en cuanto me quiso creer, asomaron los escrúpulos.
—En ese caso no me elegirían. ¡Me nombraría el Gobierno!...