—Resultarías elegido como todos los demás, y con esta enorme ventaja: que no tendrías compromisos, porque, al fin y al cabo, tu Gran Elector sería yo. ¡Vaya! Autorízame á obrar, y yo te aseguro que antes de tres meses estás en la Legislatura haciendo maravillas.
Fingió creer que era broma, y esto le permitió darme plenos poderes. Después, enterneciéndose un tanto, me hizo esta declaración:
—Si esos sueños se realizaran, sería una suerte para mí. No por la política. No. Pero mi novia tiene unas ideas... ¡Á veces la creo demasiado ambiciosa!
—¿Tu novia? ¿Es tu novia, por fin?
—No; pero lo será. Todo pinta muy bien.
—De modo que todavía se puede tantear... sin hacerte mal tercio—dije, en broma.
Aquella noche, puesto en vena por mi inesperada proposición, y quizás, también, por un vinillo muy capitoso que acababa de importar el gerente del Club, habló con más locuacidad que nunca, y se permitió hacer un examen de mi modesta individualidad. Antes de renovar en lo posible sus palabras, trataré de decir lo que él me parecía y la impresión que me produce todavía ahora. Algo taciturno é inclinado á la melancolía, buscaba seguramente en mí un contraste que lo animara; se divertía mucho con cualquiera de mis ocurrencias, hasta las más tontas, á causa, sin duda, de ese mismo contraste, sin dejar, por eso, de discutir lo que él llamaba mis «doctrinas» ó mis «paradojas». Desde antes de salir de Los Sunchos, escribía versos—malos á decir verdad,—pero no renunció á ellos, antes de doctorarse, por su indigencia presuntuosa, sino—aseguraba él,—porque «el verso le obligaba á abandonar una parte de su pensamiento, y á veces á escribir algo que no había pensado». Esto me hacía recordar la famosa frase del negro bozal: «¡Corazón ladino, lengua no ayuda!» Pero agregaba con sentido común, que, «para escribir versos medianos, más vale escribir cartas á la familia». Cuando yo le motejaba de teorizador, él sostenía que «estudiaba en los hombres y en las cosas, prefiriéndolos á los libros, pero que éstos no deben dejarse de lado, porque son la síntesis de los estudios anteriores, y, sobre todo, el más grato de los entretenimientos.» Alguna vez se me ocurrió que me había tomado como «anima vile» para disecarme en sus estudios psicológicos, pero aunque esto fuera, en realidad, se lo perdonaría con gusto, porque siempre se mostró muy mi amigo. En fin, recuerdo que aquella noche me espetó este singular discurso:
—Todos los caminos están abiertos para ti. Eres miembro—cómplice, dirían otros, los de la oposición ciega, que no ve la marcha paulatina de las cosas,—eres miembro de una oligarquía que prepara la gran república democrática de mañana, así como Napoleón III preparó sin comprenderlo, la todavía lejana verdadera República Francesa. Eres audaz, valiente, flexible, despreocupado, amoral: Con esto se puede llegar muy lejos, y lo que es más curioso, lo que es casi inverosímil, hacer mucho bien al país, con el más perfecto egoísmo... Quizá yo debiera ser tu enemigo. Pero, como eres un ejemplar característico de la raza en formación, de la raza de los tiempos que vienen, soy más bien tu amigo, tu admirador, y puedes contar con mi ayuda, como puede contar con ella el partido á que pertenecemos, por muchos errores que cometa, porque es un partido histórico, un partido de transición marcada, y realiza por buenas ó por malas el papel que le corresponde... Como los demás partidos, por otra parte, pero no en el mismo escenario... Los otros quieren quedarse demasiado atrás ó ir demasiado adelante, mientras que el nuestro evoluciona insensiblemente, harto insensiblemente en ocasiones, para conservarse en el poder. Ya ves que soy tolerante... Esta tolerancia que puede parecer exagerada, es una tendencia más fuerte que yo, más fuerte que mi voluntad, porque mi instinto me obliga á comprender, y comprender es más que perdonar, es tolerar, es hasta colaborar, según vengan los tantos... Lo mismo que del partido digo de ti... Si no hubiera muchos hombres como tú, nuestro país sería otra cosa—quién sabe cuál,—pero dejaría de ser lo que es y no llegaría á ser lo que será. ¡Perogrullada, dirás! ¡Pero perogrullada que pocos se dan el trabajo de comprender! Con la gente estática no se va á ninguna parte, con la muy dinámica se puede llegar á incurables desórdenes, á la anarquía que engendra la tiranía compensadora. La útil es la acomodaticia que sabe andar y detenerse, la oportunista, en fin, como tú. Tú, yo, nosotros, somos tan necesarios como lo son los demás, los que siguen á los jefes de la oposición, al que lo ha sido todo en nuestro país y al que no ha sido nada—somos los reguladores,—y verás cómo, gracias á nosotros y á ellos,—poco á poco van convergiendo los caminos y los esfuerzos, aun en los momentos en que más alejados y más antagónicos parezcan. Y es que el hombre quiere someter la Naturaleza á una armonía que nadie, sino la caprichosa Naturaleza nos ha enseñado, que nadie, sino ella, puede crear... Verás cómo, entre todos, á la larga, se establece un equilibrio, sin imponerse como único y definitivo, porque es variable, y cambia á cada hora, en un segundo para la historia, en muchos años para nuestra nacionalidad, si tenemos en cuenta que no alcanza al siglo todavía... Dicen que las virtudes de nuestros antepasados, sus luchas para conquistar una patria, se han convertido en vicios en nosotros, en lucha por conquistar un bienestar epicúreo, y que esto nos lleva al desastre. ¡Mentira! Cada época tiene sus exigencias y sus héroes. Y si los locos como tú no aspiraran á una vida de lujo y de molicie, éste sería un pueblo de santos patriarcas, es decir, un pueblo estancado en plena vida pastoril. Lo inerte es lo único que no cambia, lo único sometido á la estabilidad que parece imponerse á los pueblos que sueñan en ser dichosos, los pueblos que, según el dicho famoso «no tienen historia». Y un pueblo inerte es un pueblo muerto. ¿Quieres que brindemos, Mauricio, á tu soberbia, á tu insolente vitalidad?
III
Aquellas antiguas aficiones despertadas en La Época de Los Sunchos, y cultivadas después, mientras hacía mis primeras armas en la ciudad, revivieron vigorosamente desde el punto en que, cumpliendo una promesa hecha en hora de debilidad, conseguí que se encomendase al galleguito la dirección y redacción de Los Tiempos, el diario oficial, siempre necesitado de quien lo llenara de mala tinta á precio vil. De la Espada conservaba aún, para mí, cierto vago, cierto humorístico prestigio, y más que todo por hablarle y renovar con él, en cierta manera, las antiguas «diabluras» sunchalenses, frecuentaba la imprenta, y recomencé á escribir en el periódico, hazaña que no consignaría aquí, pues más lejos debo reincidir en ello, si no estuviera tan íntimamente ligada con lo que vengo contando. Y, á propósito, antes terminaré con lo atinente á la diputación de Vázquez.