Poco después de dejarlo, fuí á ver al gobernador Benavides, y le propuse de buenas á primeras lo que él estaba deseando imponerme.

—Mi banca en la Legislatura puede darse por vacante; ¿no sería bueno elegir á Vázquez en mi lugar?

—¡Hombre! ¡mire usted qué casualidad! En eso mismo he pensado estos días; sería una magnífica combinación, en la que usted, al fin y al cabo no perdería nada, mientras que nosotros ganaríamos, quitándonos de encima un posible enemigo. Vázquez, con sus lirismos, puede ser peligroso, si no nos lo conquistamos.

Y con esto quedó resuelta su elección, pues la forma republicana de gobierno no es tan complicada como algunos aparentan creerlo todavía.

Volviendo á mis artículos de Los Tiempos, agregaré á lo ya dicho que mi colaboración era bastante asidua, pues siempre me ha divertido mucho hacer rabiar á la gente. Además, algunos correligionarios habían descubierto en mí un espíritu satírico de primer orden, y hablaban de mi estilo como del más gallardo y desenvuelto que conocieran. Era, para ellos, según me decían, otro Sarmiento, con la particularidad en mi favor de que yo defendía la buena causa, sin sembrar el desorden bajo pretexto alguno, mientras que al autor de «Civilización y barbarie» solía írsele la mano, arrastrado por su espíritu analítico, capaz de no dejar títere con cabeza, en un instante de acaloramiento.

En lo que entonces escribí puse á los hombres de la oposición como chupa de dómine, no sólo ridiculizándolos, sino sacándoles, también, con más ó menos disimulo y contemplaciones, todos los trapitos al sol. Mis informes del mundo eran tan completos, que no se me escapaban ni las andanzas políticas ni los traspiés privados de la gente. Así, el hecho graciosísimo de un joven que había tenido que pasarse una noche encaramado en un árbol, para no ser apaleado por un padre feroz, me tentó un día, y lo escribí con alusiones desgraciadamente tan claras, que uno de los interesados en el asunto, don Sofanor Vinuesca, opositor de primera fila y hombre de malas pulgas, se puso en campaña para saber quién era el indiscreto escritor, y pedirle cuenta y razón del suelto que había hecho reir á toda la ciudad á su costa y á la de otros miembros de su familia. Supo que era yo y me mandó los padrinos, á pedirme una retractación en regla, ó una satisfacción por las armas.

Conflicto. Yo, jefe de policía, no debía batirme, porque el duelo estaba severamente prohibido en aquel centro católico, donde no era sólo una infracción á las leyes, sino también un abominable «pecado mortal». Pero si me negaba, mi actitud menoscabaría la reputación de valiente que tanto bien me había hecho hasta entonces, y á la que no quería renunciar por nada. Encargué, pues, á mis padrinos, Pedro Vázquez y Ulises Cabral, ex redactor de Los Tiempos, que concertaran el encuentro fuera de la provincia—de retractación no quise ni oir hablar,—y me fuí á ver al Gobernador para exponerle el caso y tratar de conciliar todo lo que más me importaba: si no quería renunciar á mi fama de valiente, tampoco quería renunciar á mi puesto de jefe de policía.

—Yo creo que debe evitarse á todo trance ese duelo—me dijo Benavides:

—¡Imposible! He ido demasiado lejos, y para evitarlo tendría que hacer un papelón.

—Entonces, no veo otro camino que la renuncia.