—¡No está mal! ¡no está mal!—me dije.— Pero hay que preparar la combinación. Después veremos.
Nadie objetó palabra, sino Vázquez, cuyo don de errar es indiscutible. Se opuso resueltamente á que proclamáramos la jefatura de Camino y su candidatura para la próxima elección, diciendo que era un hombre desconceptuado, un espíritu estrecho, y que los que votaran por él serían, en el concepto de las familias honestas, unos pervertidos que aprobaban, ó por lo menos, toleraban sus torpezas. No todo lo hacía la política, también era necesario tener en cuenta á la sociedad. Traté de disuadirlo, por fórmula, demostrándole la necesidad de que el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran su autoridad, una vez fuera del poder, y recordándole que debía su diputación al gobierno.
—Ni una ni otra cosa me obligan á nada—replicó.—El Presidente hace mal en preparar un estado dentro del estado, una especie de presidencia doble, en la que un poder anulará al otro. En cuanto á que el gobierno me hiciera elegir, no es verdad: lo hiciste tú.
—Con su aprobación, y él era el que podía...
—Aunque haya sido así. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso mismo lo dudo; pero nadie me dirá que tengo el compromiso de hacer reelegir á Camino. ¡Eso sería monstruoso! En esa forma, el país no cambiaría jamás de gobernantes, como la Municipalidad de Los Sunchos.
—Te enajenarás la voluntad del futuro presidente, sea quien sea.
—Poco me importa. No he de vivir de la política. Sólo en estos países la política resulta una profesión, cuando es una función general, casi diría obligatoria, de todos los ciudadanos...
—¿Sólo en éstos? ¡No embromés!
La voz de Vázquez fué, como es natural, la «clamantis in deserto». Nadie le hizo caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio de un entusiasmo popular que preparamos por todos los medios á nuestro alcance. Pero el candidato á la reelección no tardó en saber que Vázquez le había hecho fuego, cosa que no le perdonaría nunca. No. No fuí yo quien se lo dijo, no fuí yo el indiscreto ni el mal intencionado. Vázquez no me molestaba mucho en la Legislatura, y aunque hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el chisme, sabiendo que otros lo harían, por adulonería, por espíritu de intriga ó por maldad.