Casi al propio tiempo se proclamó en una provincia lejana y con el apoyo gubernativo la candidatura presidencial, que desde allí fué comunicándose á todas partes, siempre en las mismas condiciones, «como un reguero de pólvora», según decían con admiración los diarios amigos, que ensalzaban los méritos incomparables del candidato, «representante de la juventud, y, por lo tanto, del progreso, ciudadano de iniciativa, como lo había demostrado en el gobierno de su provincia, espíritu liberal, enemigo de toda hipocresía y de toda bajeza, hombre tolerante, que sería el vínculo de unión entre los estados, las sociedades, las religiones, los partidos del país», y á quien acompañarían mañana, como le acompañaban hoy, «las fuerzas más sanas y eficaces del mismo, los jóvenes de corazón entero y altas aspiraciones patrióticas».

—¡Paso á los jóvenes!—comenzamos á gritar, como gritara de la Espada en otro tiempo, en Los Sunchos.

Buenos Aires—la provincia,—celosa de su hegemonía política, aunque ésta no fuese ya más que un hecho casi legendario, quiso oponernos otras candidaturas, arrastrar la opinión del país, enarbolando como bandera el nombre de preclaros patricios, y aun el de un político eminente que podía considerar conquistado el interior, porque, en la lucha decisiva, tomó, siendo porteño, partido á favor suyo y contra su provincia, como muchos otros que no dejaban de tener razón según ha podido verse después.

Pero si todos los jefes de policía, si todas las autoridades obraban como yo, no había miedo de que nos arrebataran el poder, ni con sutilezas, ni con esfuerzos. De ello quedé convencido cuando Camino resultó electo gobernador, y Casiano Correa, antiguo amigo de tatita, vice,—con casi todas las actas protestadas, es cierto,—casi sin oposición, ó, como decíamos entonces, con «elecciones canónicas». ¿Qué cómo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente. Preparándolo todo con tiempo, el padrón y el registro cívico, sorteando las mesas de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los jueces provinciales ó federales para el posible caso de un juicio. En aquella época no hubo sino un juez que se atreviera á desafiar al poder, pero su derrota fué completa, por el momento, aunque hoy todos lo consideremos como ejemplarísimo y muchos hayamos contribuído á perpetuar en el mármol su memoria.

¿Diré, después de esto, que nuestro candidato á la presidencia resultó triunfante?

No, ni he de contar, tampoco, el éxodo de sus conprovincianos que invadieron la capital de la República, convencidos de haber triunfado con él. Á mí mismo me dieron ganas de irme, y lo hubiera hecho, á ser de su provincia y de sus allegados. «No hay cosa mejor que tener buenas relaciones»—decía tatita. Pero era preciso esperar; estaba muy lejos de él, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino cuando llega la ocasión. Y á mí tenía que llegarme, como me llegaban las épocas de trabajo—las electorales,—y las de descanso—la modorra provinciana en las épocas de normalidad.

Por el momento, bueno era volver tranquilamente á la siesta. ¿No habíamos pasado por un largo período de agitación tal, que ya ni visitaba la casa de Blanco, ni me daba apenas tiempo para ver á mis viejas amigas, y hasta tenía que interrumpir de vez en cuando mis partidas en el Club del Progreso, postergar mis cacerías con almuerzo, y suspender cien otras empresas agradables?... Sí. Volvamos á la vida epicúrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la única.

Camino me preguntó un día, como si se le ocurriese de repente:

—¿Cuándo «acaba» Vázquez?

—Creo que dentro de cuatro meses.