—¿Dónde está? ¿en su casa?
—¡No! ¡Y eso es lo «pior»!
Siguiendo sus plebeyas costumbres, Camino había pasado su última hora en un sitio inconfesable.
Sin decir una palabra á mis compañeros, salí, dando orden al asistente de que callara como un muerto y dijera al comisario de órdenes que se reuniese conmigo sin perder un momento, en la casa á donde me dirigía. Corrí á una cochería, mandé atar un gran landó, y al galope de los caballos me hice llevar al suburbio norte, en una de cuyas casas había muerto el Gobernador. Era la una de la mañana, cuando llegué: la ciudad dormía, y, afortunadamente, no había un alma en las calles. Dos agentes policiales, llamados con espíritu previsor por el diablo de Cruz, hacían la guardia en la cuadra, sin saber lo que ocurría; creyéndome un particular, trataron de impedirme el paso. Me alegré mucho de la discreta precaución del asistente, porque en las circunstancias había que obrar con mucho tacto.
En la casa no había más hombre que el doctor Orlandi, sentado junto á una cama revuelta en que yacía el Gobernador. Estaba muerto.
—¿Qué vamos á hacer?—me preguntó el italiano, atolondrado por aquella inesperada catástrofe, producida con tan poca nobleza.
—Llevárnoslo á su casa lo más sigilosamente que sea posible, en cuanto lleguen Cruz y el comisario de órdenes.
—¡Ma! ¡Es una responsabilidad terrible!
—¡Qué quiere, doctor! nosotros no lo hemos traído aquí. Lo más que podemos hacer es disimular las cosas.
Momentos después, mi segundo, el doctor Orlandi, Cruz y yo, sacamos el cadáver y lo metimos en el carruaje. El cochero fué amenazado con los más contundentes castigos si decía una palabra, y lo mismo se hizo con la gente de la casa que, por fortuna, era sumisa á la policía y estaba bajo su inmediata dependencia. En el trayecto di mis instrucciones al Comisario de órdenes: debía hacer acuartelar las policías y el Guardia de Cárceles en toda la provincia, para sofocar inmediatamente hasta el más ligero disturbio que pudiera producirse cuando se hiciera pública la noticia. La situación era nuestra, mía, y no era cosa de perderla ni de comprometerla siquiera...