Cruz abrió la puerta de la casa del gobernador, y entre Orlandi, yo, el asistente y el cochero, llevamos el cadáver hasta el dormitorio, y lo metimos en la cama.

Ahora, ¿cómo avisar á la familia? Inmediatamente concertamos lo que íbamos á decir: «Camino, sintiéndose mal, había llamado á su asistente, prohibiéndole que alarmara á los suyos y ordenándole que llamara al doctor Orlandi. Cruz, al pasar por el Club, entró á ver si el doctor se encontraba allí, como de costumbre, y viéndome, juzgó conveniente decirme lo que ocurría, pues yo podía hacer llamar á Orlandi con mayor rapidez. Yo salí, por deferencia, encontramos al doctor, los tres acudimos en un coche á casa de Camino... Pero, desgraciadamente, cuando llegamos había muerto.» Así se dijo.

Es de imaginar el trastorno de aquella casa, hasta entonces tranquila, los llantos de las mujeres, las carreras de los criados, las preguntas, las exclamaciones, los ayes. Una hora después, los parientes, los amigos, acudían desolados. ¡Figúrense ustedes! ¡no moría sólo un pariente, un amigo, sino un gobernador!...

Nuestra versión fué perfectamente admitida en los primeros momentos, y nadie puso en duda que las cosas hubieran pasado así.

Yo me ocupé de avisar al vicegobernador Correa, que dormía profundamente, sin sospechar lo que pasaba.

—¡Ya es gobernador, amigo!—le dije.

—¡Qué! ¿Ha habido revolución?

—¡No, hombre!—contesté riéndome.

—¿Ha renunciado, entonces?

—¡Sí, en casa de Maritski!