—¿No me diga?
Le conté el suceso. No dijo palabra, pero tenía la cara radiante. Vistió en un segundo su minúscula y nerviosa persona, y salió conmigo para correr á la casa mortuoria.
—Diga, don Casiano, ¿yo quedaré en la jefatura de policía?
—¡Claro! ¡Vaya una pregunta!
—¿Y tendré la primera diputación?
—Si depende de mí...
—No. Conteste categóricamente, sí ó no. De otro modo... Usted sabe que tengo la provincia en la mano.
—¡Vaya hombre! ¡Ni que yo fuera tu enemigo! ¡Serás diputado nacional!—y me tuteaba, camarada hasta la muerte.
—¿Palabra?