Al día siguiente, me llamó Correa á su despacho de gobernador.
—Mirá—me dijo.—He pensado mucho en la situación, y he resuelto cambiar el ministerio. ¿Querés ser ministro de Gobierno?
—¡No friegue, don!—exclamé.—Usted me ha prometido otra cosa.
—Sí. Pero, hijito, ¡ministro!...
—¿Y qué hay con eso? Á usted no le quedan más que dos años de gobierno; y yo quiero ir á Buenos Aires. Esto es muy chico para mí. Mire, no cambie los ministros: son buenos muchachos y ya están acostumbrados á hacer lo que quiere el gobernador.
—Eran hombres de Camino.
—Se equivoca. Eran y son hombres del gobernador. Tanto les da Juan como Pedro, con tal de que ellos figuren.
—Es que quisiera cambiar un poco el Gobierno, darle al pueblo alguna satisfacción.
—Llame á Vázquez, entonces.
—Puede que no sea mala idea.