—Pero, le advierto: Vázquez es un contemporizador y una especie de puritano: como contemporizador no satisfará á la oposición, y como puritano hará enfurecerse á los nuestros. Además, Camino lo ha puesto mal con el Presidente... Conque...

—Conque... se puede ir al diablo.

Sonreí, y le di el último golpe:

—Y, al concluir su período, con Vázquez tendría usted que renunciar á ir al Senado, porque la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le perdonaría sus lirismos.

Correa no era difícil de convencer en cosas evidentes y de utilidad, y todo quedó como estaba. Los ministros no me hacían sombra, porque eran completamente ineptos y yo sabía la manera de manejarlos. Siempre me habían temido, y desde que Correa subió al poder, comenzaron á temblar ante mí aunque yo les hubiera prometido hacer todo lo posible para mantenerlos en su puesto. Una amarguísima incidencia que debió costarnos caro, vino á darme un terrible poder, aumentando inopinadamente mi prestigio.

La muerte de Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas, precisamente cuando comenzaban á trascender nuestras intrigas tendientes á derrocarlo, pareció de pronto al público menos clara de lo que la presentábamos. Nuestras idas y venidas en aquella noche aciaga, y aunque fuera ya tan tarde, no habían pasado inadvertidas, porque la gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando se trata de algo que puede alimentar la chismografía. Además, aunque el cuento estuviera urdido magistralmente, había demasiados testigos de la verdad: si se podía contar con mi reserva, la de Orlandi, la del Comisario de órdenes, la del zorro de Cruz, no sucedía lo mismo con las mujeres, los dos vigilantes, el cochero. Los secretos de almohada por la almohada suelen trascender. Uniendo á esto la malevolencia de la oposición, no es raro que comenzara de pronto á correr este rumor siniestro:

«El gobernador Camino ha muerto envenenado.»

Y, con este rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos no recibían sus favores, que las familias excomulgaban por sus notorias costumbres, que nunca había hecho nada notable ni siquiera bueno, ni aun regular, resultó un defensor de los intereses del pueblo, que el Presidente de la República quería suprimir, una víctima del sistema, un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo, Correa, ¡quién sabe cuántos más! unos envenenadores, unos Borgia de nuevo cuño. En vano traté, trató Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de presentar la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba caído y no podía estorbarnos ya. ¡Todo el mundo creyó, ó fingió creer, que lo habíamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi—italiano al fin,—era la mano, mientras Correa y yo éramos la voluntad!... ¡Ah, canalla, canalla, canalla! ¡Cómo es la canalla, y cómo maldije entonces la libertad de la calumnia que pasa de boca á oído y resulta más notoria que la insertada en los diarios! Yo había mentido á sabiendas y públicamente, para destruir al contrario, muchas veces, pero nunca había llegado á tal extremo, ¡nunca había inventado una calumnia que, como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera, tan lejos de las costumbres políticas de nuestro país!