Esto lo dije, tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de lo ocurrido con Teresa. No se inmutó, no replicó: no sabía, entonces...
—Pero ¿cómo quiere—agregué, más seguro de mí mismo,—que de la noche á la mañana me convierta en un viejo, ni que renuncie á mis pocas diversiones—muy inocentes, por otra parte,—si no veo más ó menos cercana la recompensa de ese pequeño sacrificio? Ofrézcame usted la recompensa, y yo entonces, le aseguro...
—¿Y qué recompensa puedo ofrecerle yo?
—Decirme que me quiere.
—Hágase usted querer—dijo con seriedad y coquetería á un tiempo.
Don Evaristo, que se acercaba, puso fin al diálogo, y yo me quedé pensando en las desmedidas ambiciones de la niña. ¿Conque, nada menos, quería que yo renunciara á todo y que me quedara prosternado, adorándola como á una imagen? ¡Qué pretensión! Estaba enamorada de mí, y se hacía la desdeñosa. ¿Qué me costaba hacer lo mismo, renovando con variantes «el desdén con el desdén»?
Yo, para mí, y por una fuerza, quizás ajena á mi voluntad, por un instinto poderoso, he sido, soy y seré, lo digo así, brutalmente, porque es la mejor, la más verdadera forma de decirlo, el centro del mundo. Lo que más me interesa es el propio «yo», el resto debe supeditarse á esta entidad. Pero hay una atenuante á esto, demasiado absoluto quizá, atenuante que me ha permitido llegar á ser lo que soy: cuando las cosas exteriores no pueden ó no quieren supeditarse, el «yo» debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro, á toda costa. Y jugar conmigo es cosa seria.
Dejé á María y á su padre, que me invitaba á comer con ellos, pretextando quehaceres y jurándome tener la última palabra en la cuestión. Para ello, bastaba á mi juicio con cesar, durante un tiempo, toda visita, y esquivar todo encuentro con la altiva moza, aspirante á mi esclavitud, que ella soñaba probablemente redención. Cosa fácil, porque en aquel momento me preocupaba mucho mi porvenir político, y más aún porque mi puesto de jefe de policía me daba nociones de la vida—exageradas por lo unilaterales,—que no ha escrito el más negro de los pesimistas, que no se han expresado ni aun en la redacción de los diarios más chismógrafos. El mejor informado de los repórteres no sabe, en cuanto á la vida privada de los habitantes de una ciudad grande ó pequeña, ni lo que sabe el más ínfimo de los policías, y si quisiera novelas ó escándalos, no tendría más que pasar por ese cedazo, ó, mejor dicho, tenerlo en la mano. Se echan pestes contra la policía, pero si ella hablara se acabaría, sencillamente, la sociedad, minada en sus cimientos, ó, por lo menos, en la parte convencional de sus cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educación moral, esta escuela de la policía es, como ya dije, excesiva, porque sólo pone de relieve la parte mala, baja y despreciable de la humanidad, invitando á creer que toda ella es así, sin excepciones, ó casi... No se extrañe, pues, que no pudiera tener confianza en una mujer, por pura y altiva que pareciese.
Sin embargo, María había lastimado hondamente mi amor propio. Lo comprendí al encontrarme aquella misma tarde de manos á boca con Vázquez, quien se acercó á saludarme, afectuoso, aunque con el velo de tristeza que ya no lo abandonaba nunca.
—¿Cómo te va?