—¿Por qué me dice eso?—le pregunté por fin.
—¿Eh?—me contestó el muy sinvergüenza.—Porque hay algunos que quieren casarse, sí, pero que no les pongan el casamiento en el libro... Entonces, yo les hago un certificado en un papel suelto, y se lo doy para que lo guarden. Entonces... ¿pero no va á decir nada, eh?
—¡Qué esperanzas, padre!
—¿De veras?
—¡Mire: por éstas!
—Entonces, si la mujer es buena, ellos lo guardan; pero si no es buena, lo rompen y se mandan mudar si quieren, y la mujer no puede hacer nada, ¡eh!... Yo tengo permiso para casar así, pero nadie tiene que saberlo, porque es un secreto de la iglesia... y también es mucho más caro que el otro casamiento...
¡Qué iba á tener permiso el cura picarón! Era una historia que había inventado para far l'América, y llenar pronto el bolsillo aunque se fuera al infierno derechito,—tantas ganas tenía de volverse á su tierra á comer pulenta y macarrones.
Pero, después de un rato... la verdá... pensé que no sería malo casarse así, como él decía, aunque nunca, ni menos entonces, se me había pasado por la cabeza engañar á la gringa, tan buena y tan cariñosa... El diablo del cura me tentó, yo no tenía la culpa, al fin y al cabo, y como lo que era por plata no había que echarse atrás, porque Carolina tenía bastante, pisé el palito, me pareció que ésa era una gran seguridad para mí, y le dije al cura:
—¿Y cuánto sería el gasto de ese modo, padre Papagna?
—Trechento pesi.