Cumpliendo el pacto no sin restricciones por cierto, pues el hombre no debe nunca cumplir estrictamente su palabra en ciertas cosas, so pena de pasar por tonto, vamos á integrar este capítulo con párrafos de las que llamamos «memorias silvestrinas», tomados aquí y allí en sus sabrosas epístolas, y con párrafos, también, de la obra periodística aludida, que, á publicarse entera, abrumaría de tedio á los lectores de mejor voluntad, no porque carezca de mérito—muy al contrario,—sino porque la gente no está hoy para teologías.
Éste sería el gran momento de entrar en materia y acabar de una vez con tan engorroso epítome; pero nos ocurre una observación: Hemos incurrido en una deficiencia que más tarde podría echársenos en cara, y que podemos salvar aquí sin mucho sacrificio. ¡El retrato de Silvestre no adorna todavía las páginas de Pago Chico, ni nos hemos detenido á echar una ojeada á su laboratorio!... Cierto es que, considerando todo retrato literario prosa destinada á que la salte sin piedad el lector, nos atuvimos hasta aquí á los hechos escuetos, sin describir cosas ni personas; pero es cierto también que aún á riesgo de tan dolorosa é inevitable indiferencia, debemos hacer ese honor al ilustre boticario, ubícuo en estas páginas como Dios en el universo.
Era Silvestre de mediana estatura, delgado, nervioso, menudo, de extremidades pequeñas y finas. Tenía mucho aire á Laucha, pero con más trazas de gente, según los apreciadores y apreciadoras de Pago Chico. Llevaba el cabello negro erizado sobre la frente angosta, cruzada ya por una arruga de preocupación que las malas lenguas atribuían á muchos ratos angustiosos pasados en el Mirador, la timba del Rengo. Las cejas delgadas y renegridas, sombreaban apenas los ojos pequeños, negros también y muy brillantes, separados como por una tapia de albarda por una nariz enorme, encorvada y fuera de proporción con la cara angosta y chica. Si Laucha se parecía á un ratoncillo, Silvestre semejaba un galgo, pero un galgo de expresión inteligente. Hablaba con voz un tanto aguda y chillona, é inflexiones no exentas de gracia. Era verboso, persuasivo, y tanto para decir la verdad como para mentir (¡ay! solía mentir algunas veces) se expresaba con el calor contagioso de la convicción. Por lo general vestía modestamente de saco, pero los domingos y fiestas de guardar se empaquetaba en un jaquet color pizarra de largos y tremolantes faldones, y para las grandes solemnidades tenía una levita negra, pariente cercana del jaquet, que él llamaba indistintamente «mi leva» ó «mi funeraria», aludiendo con esto último al hecho de sacarla más frecuentemente para entierros y funerales que para otra clase de diversiones.
Como era de uso corriente en aquella época, apenas lo veían enlevitado y de sombrero de copa, los pilluelos de la vecindad, y aun los que no lo eran, iban gritándole en coro, por detrás:
—Don Silvestre ¿p'ande va la galera?
Ó le cantaban con el estribillo de un vals á la moda:
Tin tin, el de la galera,
tin tin, el de la galera:
tin tin, el de la galera,
la galerita y el galerín.
—¡L'evita la caminata!—exclamaban luego, aludiendo á la lujosa prenda con un retruécano fácil y poco espiritual, por cierto, pero popularísimo en aquellos años de ingenuidad, alegría y «mira que te corre el chancho.»
Para el jaquet era otra cosa: una coplilla también cantada en coro y cuya letra se basaba en dos «calembourgs» orilleros: