—¡Ya que has venido
p'a qué te vas!
¡Pagá la copa,
después t'irás!
«Yaquí, paquete»—no deja de ser ingenioso ¿verdad? y sobre todo en Pago Chico...
Silvestre no volvía la cabeza, ni contestaba á la irrespetuosa y bullanguera pandilla que, cansada al fin, lo dejaba en paz é iba á repetir la broma con don Domingo Luna, ó con Machado, ó con Bermúdez, aferrarse á él entonces, hasta encontrar alguno que se enfadara y darse el gusto de hacerlo rabiar hasta el rojo blanco.
Agregaremos esto en secreto y bajo palabra de honor de que no será divulgado por quienes lo oigan: Silvestre no era farmacéutico ni nada. Odiaba los títulos académicos, y maldecía las facultades que dan patente á la inepcia y la ignorancia. No quiere decir esto que supiera más que cualquier infeliz sometido á los estudios regulares, la frecuentación de las aulas, los exámenes, etc. Casi estaríamos por decir que sabía mucho menos, ó que no sabía nada. Pero su espíritu de independencia nos gusta en lo que tiene de probatorio á favor de nuestro aserto de que podría haber sido un grande hombre: con ese desparpajo y en terreno propicio, se hace camino para llegar donde se quiera, siempre que se sepa dónde se quiere llegar. Y aunque Silvestre fuese tan abiertamente enemigo de la facultad, fuerza es confesar que nunca se atrevió á hacerle guerra declarada: así, evitando una posible clausura de la botica por su falta de título, pagaba á un farmacéutico residente en Buenos Aires, para que se la regentase in nomine, sin asomar nunca las narices en Pago Chico.
También, si el regente hubiese llegado á conocer el establecimiento á que prestaba su nombre, y por el que se responsabilizaba, pues en caso de inspección debía aparecer Silvestre como su dependiente y él en viaje ocasional, es posible que hubiera retirado su garantía ó por lo menos pedido un fuerte aumento de gajes. Todo es cuestión de precio.
La farmacia, efectivamente, fuera del escaparate con sus grandes redomas de agua colorada de verde y de rojo con anilina, y del pequeño despacho para el público, con sus estantes llenos de cajas de específicos, sus dos sillones de roble con esterilla y su mostrador con la balancita de precisión guardada entre cristales,—más tenía de pocilga y almacén de trastos viejos que de otra cosa. Detrás del mostrador, hacia el fondo, corría el laboratorio, generalmente cubierto de una espesa capa de polvo, con las probetas sucias, los tubos de ensayo medio llenos, las cápsulas con poso, los pildoreros hechos una pringue, los almireces con residuos de lo molido en ellos la última vez. Cuando había que usar alguno de ellos, un golpe de trapo bastaba á la urgente limpieza... En un patiecito se amontonaban las botellas, los frascos, los potes de todo calibre, y Rufo, el único peón, se ocupaba en lavarlos con municiones, cuando se lo permitían sus otras múltiples faenas de escudero de Silvestre, ó cuando no urgía la manipulación de ungüento de hidrargírio.
Dos pasos atrás del mostrador, es decir, antes de penetrar en el antro del laboratorio, abríase sobre la derecha una puerta que daba á la habitación convertida en sala-comedor-dormitorio, donde Silvestre recibía sus visitas y organizaba el «mentidero» de la rebotica, club peculiar que no falta en pueblo alguno americano ó europeo, á juzgar por todas las crónicas antiguas y modernas, novelas, comedias, pasillos y entremeses. Allí estaba la cama que desaparecía tras de un biombo en cuanto se levantaba Silvestre, para transformar la alcoba en comedor, cómo éste se trocaba en salón de tertulia una vez quitados los manteles. Una caja de dominó, un juego de ajedrez y una guitarra, parecían atestiguar que no todo era chismografía en aquella habitación cuyo aspecto, aunque muy modesto, nada tenía de desagradable. Pero ¡ay si un curioso atisbaba detrás del biombo tapa-miserias! el rincón de la cama ofrecía el más completo y desaseado desorden, con sus palanganas y vasos de noche sin enjuagar, medias usadas, ropa blanca por el suelo, botines cubiertos de barro ó de moho, corbatas, ropas exteriores tiradas,—un cafarnaum de criollo soltero en tiempos en que todavía no reinaban las higiénicas costumbres que van imperando poco á poco... hasta en el Pago.
Podríamos seguir describiendo aquello. Más aún: podríamos describir uno por uno los personajes de este libro, es decir, todos los habitantes de Pago Chico, sus respectivas viviendas y almacenes, sus costumbres y sus trajes. Aquí, bajo la mano, tenemos toda la necesaria documentación, y lo podría suplir fácilmente la fantasía, cuando no que faltara el recuerdo de investigaciones y estudios hechos con paciencia y tesón en el teatro de los sucesos. Pero «non est hic locus,» dirá el lector, agregando que por el hilo se saca el ovillo, y que conoce del sótano al desván las casas pagochiquenses así como de pies á cabeza las personas, pues nos ha prestado la colaboración inapreciable é insustituible de su atención sostenida y amistosa.
Siendo así, no nos resta sino pasar por alto miles de notas que harían de este volumen un infolio, sólo con adoptar el sistema imperante aún de no dejar nada al ingenio ajeno, imitando al actor aquél que declamaba los versos y las acotaciones, sin perdonar una. Vamos, pues, sin más tardanza, á los extractos anunciados del epistolario silvestrino. Son los siguientes, y como se comprenderá á primera vista se refieren á muy diversas fechas, pues su correspondencia abarcó un período de años: