—Bueno, hijo, mientras nos contentemos con esas lavaditas de cara,—le dije,—vamos á estar siempre en las mismas. ¿Querés que te dé un buen consejo? ¿Sí? Pues hacé como ellos, no les contestés una palabra y el día de las elecciones les mandas un telegrama diciendo que el comisario Barraba y sus fuerzas han impedido el acceso del pueblo á los atrios, como será verdad por otra parte. Mirá, Viera: si el país se compone ha de ser por algo muy raro y que nadie se espera. Lo que es nosotros y los otros, nunca daremos pie con bola.
No sé qué te parecerán estas afirmaciones, pero así como las pienso y se las dije á Viera, te las digo á vos por lo que puedan valer.»
Podríamos seguir espigando largo tiempo y con fruto en el feracísimo campo del epistolario silvestrino, pero todo tiene su término y preciso es darselo á estos interesantes extractos, para ceder parte del espacio que resta á los prometidos párrafos de la especie de «Psicología de las autoridades de campaña», desarrollada por el periodista amigo de Silvestre. El lector verá que las mal llamadas «Memorias» no se cierran tan mal con este trabajillo.»
«La provincia de Buenos Aires ha venido experimentando lentamente un cambio que la aleja en modo notable de su punto de partida. Ni es ya lo que era ni es aún lo que será. En su vasto escenario, el gaucho por una parte y el hombre ilustrado por otra—la absoluta mayoría y la absoluta minoría,—han cedido sus puestos á nuevos elementos que, no teniendo caracteres definidos, no siendo bien aptos para sostenerse, combatir, triunfar en la lucha por la vida, están destinados inevitablemente á desaparecer. Son individualidades de transición, que no pueden subsistir, aun cuando circunstancias más ó menos artificiales les hayan dado el predominio que hoy ejercen. Su injusta y transitoria preponderancia es lo que nos mantiene aún lejos de la relativa perfección á que hubiéramos llegado. Pero tenían que surgir si es cierto lo de que «natura non facit saltum», lo mismo que debemos aguardar con fe un cambio favorable y próximo, pues un tipo intermedio no puede perpetuarse, y menos en primera línea.»
Esto es algo tedioso, como lo comprenderá su mismo autor. Por eso saltamos, sin más, á párrafos de corte no tan científico, pero en cambio más interesantes en nuestra humilde opinión:
«Esos «dirigentes» de pueblo de campo, de partido, hasta de provincia, semejantes á las nubes macizas como montañas al parecer, cuyos perfiles se destacan rudamente sobre el cielo, pero que ni siquiera aparecían en los antiguos negativos fotográficos, cual si no existieran—esos dirigentes, digo, pueden tomarse por individualidades con rasgos típicos propios, pero apenas se estudian sus líneas, su masa se desvanece, como la nube, sin dejar impresionado el cerebro. De ahí la dificultad de retratarlos y analizarlos. Son como las aguas vivas, que se derriten fuera del mar. Tienen algo de moluscos, y sin duda por eso cierto amigo, observador y cáustico (la alusión á Silvestre es evidente) ha dicho hablando de un pueblo de la provincia:
«Pago Chico es un banco de ostras con concha y sin concha». En las indefensas encarnaba sin duda al pueblo en general; en las defendidas á las autoridades y sus satélites...»