Nuestro autor entra en materia algo más abajo:
«El intendente municipal, el presidente del Concejo Deliberante, el juez de paz, el comandante militar y el comisario de policía de un partido, podrían ser transplantados á cuarenta ó cien leguas de su campo de acción, dentro de la provincia, y actuar en un medio desconocido sin que ni en el primer momento se notará el cambio. Estas cinco personas forman en cada pueblo la oligarquía comunal. Son ramas de un mismo tronco. Ligadas estrechamente, hacen vida pública común. Se apoyan la una en las cuatro y las cuatro en la una. Con los mismos defectos y las mismas faltas, dentro de la misma carencia de opinión propia, se sirven mutuamente de paño de lágrimas ó de harnero para tapar el cielo. Son cooperadores, encubridores ó cómplices de sí mismos, según el caso.
«La justicia, el orden público, la administración, hasta la guardia nacional, están en sus manos. Para ello tienen auxiliares de la misma extracción, con iguales tendencias: los secretarios, los inspectores, el contratista, el procurador, el médico de policía, el empresario de la casa de juego, diez, veinte más. Éste es el «partido oficial» entero, ó la sociedad comercial é industrial completa. Ahí está la oligarquía que á veces tiene un jefe visible—el senador ó uno de los diputados de la sección electoral—última forma del caudillo—que nunca está seguro de sus subalternos, como éstos no lo están de él, lógica desconfianza en esa asociación egoísta, instable mientras no exista entre sus miembros algún férreo é inconfesable lazo de unión.
«Se busca en el pasado de esos hombres y se encuentra siempre el mismo obscuro punto de partida. Tal andaba de chiripá y con la pata en el suelo hace cinco años; tal otro era carrero; el de más allá fué agente de policía; aquél, incapaz de trabajar, vivió del juego como fullero ó como empresario de timbas amparadas por la autoridad, ó tuvo casa de prostitución; éste lleva sobre su conciencia despojos y asesinatos...
—¿Por qué no entregan ustedes las situaciones de campaña á hombres menos desprestigiados?—preguntábase á un gobernante...
—Porque los buenos no se venden ni sirven para instrumentos,—contestó.
«Casi no hay uno de estos hombres que pertenezca á una raza determinada. Tienen sí, aspecto criollo, pero en su ascendencia se halla siempre la mezcla, á la que sin duda impidió dar benéficos resultados el ambiente en que se desarrollaron los productos. Con los defectos del gaucho amalgaman los que les vienen del antepasado extranjero, llegado en busca de aventuras después de dejar la conciencia donde no pueda estorbar, y no se encuentran en ellos ni la nobleza, ni la generosidad, ni el amor al trabajo, ni siquiera el valor, que es la última virtud que se eclipsa en nuestro paisano.
«Cuando se apalea ó se maltrata á algún enemigo de la autoridad, inútil es buscar la persona que lo hizo: siempre es alguna mano traidora y desconocida, ó un grupo de emponchados irresponsables.
«No han ascendido por esfuerzo propio ni por méritos adquiridos. Se ha buscado lo que sirva de ciega herramienta y lo que no tenga elementos propios para independizarse. Hombres incoloros, incapaces de atraer opinión, bastan para los fines opresivos, pero son inhábiles, en el caso, para sacudir el yugo, hasta en beneficio propio. Con otros afiliados, ciertos gobiernos no hubieran podido subsistir. Se comprende, pues, que muchos hombres hayan sido sacrificados y que muchos surgidos con aptitudes para el gobierno, desaparezcan de pronto bajo el peso del partido oficial que llegó á temerlos. Por eso cuando se observa una excepción, un hombre de cierta importancia dedicado á la actuación política oficial, no hay más que revisar los libros de los bancos, ó la lista de concesionarios de centros agrícolas, de ensanches de egido, ó los legajos polvorientos de los juzgados del crimen... Ahí está el secreto...
«En cuanto á la sociedad oficial cuyos componentes hemos enumerado ya, se ocupaba puramente de su comercio, feliz porque le dejaban mañas libres. La renta municipal, las multas policiales, las coimas de las casas de juego y otras, la enajenación de los terrenos de la comuna ¡qué negocio!... ¿Política? Ni la querían ni la estudiaban: les iba hecha de La Plata, la ponían inmediatamente en acción y ni medían su alcance ni les importaban sus consecuencias. Era, por otra parte, tan limitada y tan monótona, que se la sabían de memoria y le dedicaban el menor tiempo posible, deseosos de acabar pronto para seguir robando. En un principio se preocupaban de llevar alguna gente á las elecciones para darles cierta apariencia de legalidad; pero como esto exige tiempo y gastos, lo fueron reduciendo á su menor expresión: el piquete de policía armado á rémington frente al atrio, y en el portal de la iglesia los escrutadores copiando los registros.