El cura Papagna cantó el Te Deum como hubiera podido roncar un De profundis. Imposible es decir cómo cupo tanta gente en la iglesita, simple galpón de dos aguas con una torre ancha y baja, como hecha con cuatro naipes, en una esquina. Muchos se quedaron á la puerta, éstos sencillamente porque no cabían, aquéllos porque no cabían y también porque se hubiesen quedado aunque cupieran, para hacer pública gala de despreocupación religiosa. ¿Cómo creer que un Papagna pudiera representar á nadie, ni siquiera al gobierno de Andorra, por muy ministro que se dijera de la corte celestial?...

Y entre tanto el bueno de Don Máximo, dale que le das á las bombas cuya larga mecha encendía con un apestoso y húmedo cigarrillo negro, para agazaparse en seguida y echar á correr casi en cuatro pies huyendo del mortero, mientras resonaba el primer estampido y la bomba ascendía recta, con ligerísima espiral, para estallar allá, muy arriba, sobre la seda celeste del firmamento irradiando pedacitos de papel que el sol convertía en lentejuelas de oro...

En tropel salió la gente de la iglesia y apresurada atravesó la plaza para invadir los salones de la Municipalidad, en que ya esperaban los menos incautos, deseosos de no perder nada de la fiesta... Los niños de las escuelas salieron en fila como habían entrado, bajo las órdenes de sus maestros y medio entumidos por la larga espera de plantón. Llevaban sus banderas de seda—orgullosos y fatigados los porta estandarte—y si las niñas vestían de blanco y banda celeste, los niños ostentaban todos la patria divisa atada al brazo, como en primera comunión.

Los salones se llenaron y la fiesta comenzó, junto á la larga mesa del refresco, que grandes y chicos miraban con ojos ávidos.

Pocas, muy pocas señoras, temerosas con razón, de los estrujones inevitables; pero no faltaban ¡qué habían de faltar! las madres de los niños preparados para declamar ó pronunciar discursos alusivos, ni las dignas esposas de los más dignos miembros del gobierno comunal, con la intendenta á la cabeza.

El inacabable cotorreo que llenaba el salón, fué apagándose poco á poco, cada cual buscó la manera de estar cómodo viendo mejor lo que iba á ocurrir, y una voz infantil surgió de sobre el mar de cabezas como un grito subterráneo y prolongado. Decía versos.

Nunca se ha sabido cómo podía el chiquillo manejar las manos entre los apretones de aquella multitud. El hecho es que—enseñado por el maestro de primeras letras—se debatía virilmente y lograba hacer con gesto rítmico y acompasado, ademanes de acróbata que envía besos al público, una vez con la derecha, otra con la izquierda, alternando sin equivocarse, mientras las notas de su voz, agudas como puntas de alfileres, clavaban palabras en los oídos cercanos:

Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres
el blanco y el celeste de nuestro pabellón...

Nadie oyó ni entendió una palabra—salvo los muy próximos—pero ¡qué aplaudir aquél! Hubiera sido cosa de nunca acabar si una niñita vestida de raso celeste con un gorro bermellón, no se abre paso para contar al pueblo soberano: