—¡Agarráte!... ¿Y las viejas?
—Güevos de gallo, que se prienden en los cercos ó se agarran á las barrancas. Y cuanti más güenas jueron en vida el güevo es más grande y más sabroso, y cuando han tenido hijos y los han querido... ¡más todavía!...
Por su irritabilidad de enfermo, á don Braulio se le ocurrió lanzarle un sarcasmo disimulado, sólo manifiesto por el tonito arrastrado y cantor:
—Y los payadores, decíme...
Pancho contrajo con esfuerzo los músculos de la cara, sintió en la garganta una especie de nudo, pero logró contestar, como si alguien le dictara las palabras:
—Los payadores de láy,
los payadores de veras,
no mueren nunca, paisano,
ni son ánimas en pena...
¡siguen cantando nomás,
lo mesmo que Santos Vega!...
Eran versos, inconscientemente medidos, y los lanzó con ritmo marcado y sentimental. Á los otros les llegaron al alma. Hubo un silencio prolongado y lleno de sensaciones... Luego, uno á uno, fueron desgranándose los paisanos, saturados por la poesía total de la noche. El último que se levantó para ir al galpón en que tenía la cama, enervado por su mismo desgaste cerebral, fué Pancho.
Y al pasar junto á la puerta, ya tenebrosa, de la cocina, en medio de la envolvente y acariciadora sombra, sintió de pronto un hálito más intenso, más tibio, más húmedo que el de la noche, y una vocecita que murmuraba junto á su oído:
—¡Pancho! ¿Quién te enseña esas cosas tan lindas?
Y él, azorado un instante, trémulo y atrevido luego, como un héroe que es todavía un recluta, abrazó con ímpetu á Petrona y