—¿Por qué no se subscribe al Justiciero? ¿Por qué no pone su avisito en El Justiciero?—era la frase intercalada de pronto y sin andarse con muchos rodeos en la conversación por los secuaces del escribano.

—Porque ya estoy suscrito á La Pampa y tengo allí mi aviso.

—Póngalo también en El Justiciero, porque hay interés en ayudarlo, y para un comerciante que vive de todo el mundo, como Vd., no conviene estar bien con unos y peor con otros que valen más.

El comerciante trataba, á veces, de no dar su brazo á torcer, siguiendo con el aviso en La Pampa.

—Es que mire, don... El negocio no da p'a tantas misas, y á gatas si puedo pagar un solo aviso, que ni necesito siquiera.

—Bueno,—replicaba el comisionista de ocasión,—en ese caso, para no quedar ni bien ni mal con nadie, saque el aviso que tiene y no se haga tomar entre ojos.

Por pocas concomitancias que el catequizado tuviera con «el poder» forzosamente cedía, si no á la elocuencia de estas palabras, á las amenazas que sentía rezongar bajo ellas, y ó daba el aviso á El Justiciero quitándoselo á La Pampa, ó se lo quitaba á ésta para no darselo á nadie. Lo mismo ó punto menos ocurría con las subscripciones...

El derrumbamiento del diario oficial se precipitaba estruendosamente sin que Viera atinase con el remedio. El administrador sólo supo aconsejarle uno peor que la enfermedad: rebajar las tarifas. Puesto en práctica, observóse que no entraba un solo anuncio nuevo,—como es natural, dado el carácter de los anunciantes,—mientras seguían retirándose los viejos...