Viera, que había fijado ya la fecha de sus bodas, creyó prudente postergarlas hasta ver más claro en su situación, harto borrascosa para embarcarse en el matrimonio; hizo todas las posibles economías, redujo el personal de la imprenta y trató de prepararse para hacer frente al próximo vencimiento de uno de sus pagarés... ¡Ay! si bien las páginas de anuncios de La Pampa podían llenarse bien ó mal con los borrones de los antiguos clisés de específicos, la caja de la administración no se llenaba con artificio alguno. Al borde del abismo, acudió solicitando un préstamo á la sucursal del Banco de la Provincia, aunque considerara el paso inútil y hasta ridículo, pues los consejeros eran Ferreiro y comparsa, precisamente los que estaban sitiándolo por hambre. No se le dió ni siquiera un «no redondo»; ¡eso nunca!; al pie de su solicitud, y con la firma del gerente, leyó pocos días más tarde esta cortés pero mortal negativa: «Otra oportunidad».

Aún no había hecho confidencias á nadie, limitándose á refunfuñar que el diario no iba tan bien como quisiera; pero ya necesitaba por lo menos el precario consuelo de desahogarse con algún amigo, instintivamente, sin la esperanza más remota de que nadie le echase una cuarta para sacarlo del cangrejal en que se hundía.

El comité cívico no había hecho ni podía hacer nada en su favor, porque también se hallaba desastrosamente arruinado, y ni en el terreno de la hipótesis era caso de pensar en desnudar á un santo desnudo para vestir á otro no más abrigado por cierto. Como aquel pesar y aquel temor de la catástrofe próxima no dejaban en su cerebro célula capaz de una iniciativa, ni siquiera eligió su confidente, sino que, en el momento psicológico de la expansión, abrióse al doctor Pérez y Cueto que acababa de llegar por casualidad á la imprenta, y que le escuchó con tristeza y á ratos con indignación, mientras le reconstruía, tal como la había olfateado y comprendido, la trama abominable contra él urdida por Ferreiro, Luna, Machado, Barraba, Carbonero y tutti quanti.

—¡Mandrias! ¡Canalla soez! ¡Inmunda estirpe!...—exclamaba de tiempo en tiempo el doctor, interrumpiendo á Viera.

Y luego, cuando el otro le enumerara sus apuros y dificultades, lo volvía á interrumpir:

—¡Caramba, caramba, caramba!

Por fin Viera calló, muy conmovido, y no porque se le hubiera agotado el tema, sino porque la fatiga le exigía reposo. El doctor Pérez y Cueto púsose en pie, paseó la sala de arriba abajo con las manos atrás y la cabeza sobre el pecho, profundamente meditabundo. Luego, irguiéndose, arribó á una conclusión:

—¡Hay que arreglar eso!—dijo.

Y después de una pausa, como para que se le escuchara con religiosa atención, repitió sentenciosamente:

—¡Hay que arreglar eso!