Nueva pausa. Viera, por último, resolvió acortar el entreacto:
—¿Y cómo?—preguntó á su grande amigo.
—¡Hay que arreglar eso! ¡Ya lo tengo pensado! Ahora mismo acaba de ocurrírseme. No es posible que esos espúreos ciudadanos, esos advenedizos despreciables que han llegado al poder arrastrándose por el lodo como los reptiles, sigan sojuzgando á este desdichado pueblo y vejando á la gente de pro. ¡Á todos nos toca mantener bien alto la bandera enarbolada por La Pampa, y todos sabremos cumplir nuestro deber! ¡Tenga Vd. confianza, Viera, tranquilícese! ¡Retemple el corazón para seguir luchando como bueno!
Estaba tan agitado y conmovido cual si acabase de hablar ante cien ó doscientos pagochiquenses, en algún meeting trascendental; y á fe que su auditorio, arrebatado por aquella elocuencia, enternecido por aquella grandeza de alma, se dejó contagiar por su entusiasmo hasta las lágrimas. Sí. Viera lloraba cuando estrechó la mano de su altisonante amigo. Y cualquiera de nosotros hubiese hecho lo mismo en su lugar, porque ensánchese Pago Chico hasta convertirlo en gran nación, agrándese también proporcionalmente el motivo y las consecuencias del acto y ¿no resultan entonces el médico y el periodista dos héroes tan grandes como los que hayan sacrificado más por la patria y la humanidad? Todo es cuestión de relatividades, de apreciaciones, de teatro, de circunstancias. El hecho en sí era noble y generoso: póngase en parangón con la entrevista de Guayaquil y resultará trivial; compárese con el egoísmo reinante en la actualidad, y ya veréis cómo se agiganta...
—¿Con cuánto se remedia?—preguntó el doctor Pérez y Cueto, volviendo á la prosa de la vida, pero sin empequeñecer por eso su acción, como aquellas homéricas deidades que podían comer, batallar, amar, hacer tonterías, á lo humano, sin perder por eso su divino carácter.
Viera se lo dijo.
—Bien. Yo no puedo prestarle toda esa suma, ni aquí ha de tratarse de un préstamo. No. Pago Chico está en deuda con Vd., Pago Chico está en deuda con La Pampa, su único defensor, su postrer baluarte, y es preciso que se conduzca como un pueblo digno de tal nombre. Inicio, pues, una suscripción popular contribuyendo con doscientos pesos, y encabezando la primera lista que me encargo de llenar. No faltarán hombres de buena voluntad que colaboren en la tarea y se hagan cargo de otras listas. En un par de días tendrá Vd. el doble de lo urgentemente necesario, y La Pampa volverá á navegar viento en popa.
Y, en efecto, pocos días después, el doctor Pérez y Cueto entraba triunfante en la redacción de La Pampa, gritando á voz en cuello:
—¡Aún hay pueblo en Pago Chico! ¡Aún hay pueblo en Pago Chico!