Se había reunido una suma importante para aquel centro y aquella época, y centenares de vecinos subscribieron con entusiasmo según sus fuerzas, los unos igualando la suma ofrecida por el doctor, los otros contribuyendo hasta con veinte centavos ahorrados del modestísimo puchero. Si Washington hubiese podido presenciar aquel movimiento, hubiera pensado que aquélla era tela de ciudadanos, y que con elementos capaces de acto tan sencillo en apariencia, es como se organizan grandes naciones. Desgraciadamente Washington había muerto hacía muchos años, y aunque viviera no tendría probabilidad de conocer el nombre de Pago Chico, y mucho menos su batracomiomaquia...

Todas las listas cerradas y puestas en manos del administrador de La Pampa resultaron conformes con las sumas entregadas sucesivamente en efectivo. Todas... es decir... Y aquí la pluma se emperra como patria empacado, para el que no valen ni las nazarenas, ni la lonja, ni el talero mismo. No hay quién la saque. Sería más capaz de bolearse que de dar un solo paso... Pero ello es preciso, sin embargo, y justamente nos facilita el relato el hecho inevitable de que resultará inverosímil, de la más absoluta inverosimilitud. Si no fuera inverosímil, no lo contaríamos. Gracias á que lo es, siempre quedará el suceso envuelto en una niebla de vaga desconfianza, como una cuasi mentira que debiera ser mentira sin cuasi en cualquier mundo á lo Pangloss...

Pues es el caso que faltó una lista. No. La lista no faltó. Lo que faltó fué el dinero. Imposible armonizar nunca las cifras del total con el cero de la entrega... He aquí los hechos:

La tarde del día en que se cerraba la suscripción, Silvestre entró contentísimo en la imprenta, donde Viera estaba casualmente solo.

—¡Viera, hermano Viera!—exclamó el insigne boticario.—Te he juntado más de seiscientos pesos: todos me han pagado. Ahí los tengo en casa; y si los querés te los traigo áura mismo.

—No hay apuro.

—Aquí tenés la lista. Guardala, porque no queda nadie que agregar, y he hecho la suma. ¡Qué manifestación, hermano! Esto sí que es honroso. Ya no se trata de puro jarabe de pico, y cuando la gente se presta á aflojar la mosca, por algo ha 'e ser. Tocarle el bolsillo es como andarle por las verijas á un animal cosquilloso. Así que, si querés, podés engréirte de lo que han hecho con vos.

—Sí, hermano—replicó Viera—me siento verdaderamente conmovido, y si no fuera por eso llegaría á ponerme orgulloso. ¡Ésas son cosas de que no me podré olvidar en la vida, y que no andaré propalando, si no que las guardaré exclusivamente para mí, como una gloria íntima y también como una obligación inquebrantable de mantenerme tal cual soy, de seguir sin extravíos la norma que me he trazado!...

Hablaba sinceramente, y es muy posible que hoy, recordando aquellos momentos, repitiera esas mismas palabras con igual convicción.

Silvestre le miraba. Al rato le preguntó: