Y apareció muy luego otro inspector.
Barrucchi escapó difícilmente á las consecuencias con que lo amenazaba una grave trocatinta de frascos y rótulos en el armarito de los alcaloides, nada menos, falta que hasta nuevo aviso debe atribuirse á negligencia suya, nunca á perversidad de Silvestre, incapaz por su parte de jugar á sabiendas con la vida de sus convecinos, é imposibilitado de penetrar en la plaza enemiga.
La misma grosería del error fué lo que salvó á Barrucchi, provisto de auténticos diplomas de una facultad italiana, y de un certificado de reválida en toda regla, otorgado por la de Buenos Aires. Insistimos en que Silvestre no tuvo arte ni parte en el suceso. Barrucchi probablemente tampoco, puesto que nadie lo hizo responsable, ni siquiera lo amonestó por su descuido, ni por su aterradora confusión de consonantes en ina.
Pero sus negocios, que hasta entonces habían sido regulares, se resintieron con la divulgación de aquel hecho, cuidadosamente propalado á todos los vientos del cuadrante por Silvestre y los suyos. Sin embargo, el azar, ya que no la buena reputación y limpia fama, vino á favorecerlo. La farmacia, asegurada en una nueva compañía contra incendios que buscaba clientela en Pago Chico, por una suma mucho mayor que su capital verdadero, ardió casualmente á los pocos días, sin que bastara para extinguir el incendio la guardia de cuatro vigilantes con machete en mano, puesta por Barraba en las cuatro esquinas de la casa.
Hay quien dice, todavía, que el incendio no fué intencional.
La compañía de seguros pagó inmediatamente al boticario y al dueño del edificio, pues le convenía acreditarse para hacer una buena ponchada de fuertes primas en ese partido y los inmediatos, y sólo pidió á uno y otro un recibo bombástico y la autorización de hacer con él cuanto reclame quisiera.
La casa comenzó á reconstruirse con gran prisa, y todo el mundo creyó que Barrucchi restablecería su farmacia en mucho mejores condiciones, ya que contaba con un capital relativamente respetable. Tal era, en efecto, su intención; pero una frase que corrió como un reguero de pólvora de punta á punta del pueblo, le hizo variar de propósito y retirarse con los honores de la guerra, es decir, con los pesos del seguro.
—Non é niente, demientra no se brushe l'arquibio.
—Non é niente demientra no se brushe l'arquibio.
Esto era lo que se oía de la mañana á la noche hasta en los últimos rincones de Pago Chico, y las extrañas palabras eran repetidas ora con acento de indignación, ora entre carcajadas más mortíferas aún. Y todo el mundo se contaba inacabable, infatigablemente, durante días, semanas, meses enteros, la maquiavélica invención de Silvestre, aderezada hasta con la jerga propia del personaje y del caso: