—¡Traiga amigo, traiga! ¡Si usté es muy mulita p'a estas cosas!—exclamó al cabo de un instante el juez de paz Machado.—¿No sabe que p'a qu'el amor no tuerza, más vale maña que juerza?—Aver traiga p'acá.
Barraba no tuvo inconveniente...
Nuevo pinchazo... Nuevo esfuerzo heroico para no lanzar un grito. Aquellos espartanos eran todos capaces de dejarse devorar el vientre, con tal de que en seguida, se lo devoraran á los amigos y compañeros. «Si licet in parva...» como en el sorteo famoso de Matucana que, repitiendo en eso á Homero en la Ilíada, tuvo también su Tersites.
Y después de Machado, la cajita pasó á Bermúdez, á Carbonero, á los demás—hasta á don Máximo, que fué el último en pincharse.
Aquel Sterne, imitado ahora por quienes, con sólo imitarlo son puestos á la cabeza de no sabemos cuántas literaturas, nos ofrecería aquí una sabrosa disquisición, llena de longanimidad y de sincero enternecimiento ante la flaqueza humana. Se explicaría el hecho y trataría de explicarlo á los demás, por aquello de que «tout comprendre c'est tout pardonner».
Pero desgraciadamente no habla Sterne, ni el hecho, produciéndose en Francia bajo tan rudimentarias formas, ha dado tema á los grandes modistos literarios. Ello vendrá.
Mientras no viene, y por si no viene, el lector hará bien si saca por su propia cuenta el caracú del hueso que le ofrecemos, y que más peca por sobra que por falta de médula, pues allá en la pobre y silenciosa estación de Pago Chico—microcosmos sintetizado,—y entre aquel reducidísimo compendio de la humanidad, no hubo un solo ejemplar, un solo individuo que no pasara por la prueba, ni uno que no se mostrara á la altura de las circunstancias. El mismo don Máximo,—el último mono—se dirigió humildemente al escribano:
—¿No quiere emprestármela hasta mañana, señor Ferreiro?
—¿Para qué don Másimo?
—P'a mostrársela á Petrona, no más...