—¿Qué dice amigo? ¿Que no v'haber libertá?
—¡Vaya, comisario, nunca ha habido!—objetó Tortorano sonriendo.
—Sería una novedad muy grande,—afirmó Troncoso retorciéndose el bigote con aire convencido.
—¡Y s'imagina, entonces, que yo estoy aquí p'a quitarles la libertá á los ciudadanos! ¿Y que yo, comisario, lo h'e permitir?...
El diputado, el intendente y demás jugadores de la oligárquica mesa, levantaron la vista sorprendidos. El ruido disminuyó de pronto en el salón, como si los concurrentes se quedaran á la expectativa de un acontecimiento trascendental. Pedrín fué acercándose más al comisario...
—No digo eso,—murmuró Troncoso mirando al suelo y preguntándose interiormente dónde iría á parar el hombre encargado en Pago Chico de asegurar el éxito de una candidatura dada, con exclusión total de la otra.
¿Se habría convertido de la noche á la mañana, después de tantas arbitrariedades y persecuciones?
—Yo tampoco digo que usted les quite la libertad. ¡No faltaba más!
Tortorano se encogió de hombros otra vez y se puso á armar un cigarrillo negro. Troncoso miró al comisario para ver si hablaba de veras. Pedrín, aunque no tuviera nada de cándido, intervino con una ingenuidad: