—Me alegro mucho de haberl' óido,—dijo.—Yo ya estaba por no ir á las eleciones. Pero desde que usté garante la libertá...

—¡¡La garanto, canejo!! ¡Ya lo creo que la garanto!

El diputado Cisneros se incorporó en su silla, casi resuelto á llamar al orden al extraviado y demagogo funcionario policial. Las demás autoridades estaban, al oir semejantes despropósitos, que no sabían lo que les pasaba.

—Pues si es así...—prosiguió Pedrín,—lo que es yo, el domingo no faltaré en el atrio p'a votar por don Vicente.

Pero no había acabado de decirlo cuando el comisario estaba ya parado, de un salto tan violento y repentino que ni siquiera le dió tiempo para soltarse la bota. Y así en un pie:

—¡Pare la trilla que una yegua si ha mancau!—gritó.—¿Qué es lo que dice, amiguito?

—Que ya que usté garante la eleción v'y á sufragar por los cívicos... nada más.

—¡Dios lo libre y lo guarde! ¡Como de miarse en la cama!

—¿Pero no dice que habrá libertá de votar?

—Sí, para todos; ¡pero libertá, libertá de votar por el candidato del gobierno!...