Un gran suspiro de satisfacción compuesto de seis suspiros particulares se exhaló del truco oficial.
Y el ruido volvió entonces, más alegre y estrepitoso que nunca...
EPÍLOGO
Lector que, risueño ó adusto has recorrido con interés ó desgano, estas páginas aparentemente superficiales ¿sabes á qué espectáculo hemos asistido juntos sin saberlo? ¡Pues nada menos que á las primeras palpitaciones de una democracia en gestación y á los primeros desperezamientos de una gran ciudad en la cuna!... ¡Así, como lo oyes!
Ríete si quieres, y harás bien, porque siempre es bueno reirse de la verdad. Pues, sí, señor: democracia, gran ciudad, etc...
Nosotros mismos no lo sospechábamos siquiera, y no es la perspicacia sino el tiempo quien nos abre los ojos. Muchos años, en efecto, van corridos desde los sucesos narrados en la crónica que cerramos provisionalmente con estas líneas. En ese lapso las cosas han cambiado, Pago Chico es Pago Grande, el villorrio es un fuerte núcleo de población, con afirmados, tranvías, luz eléctrica, obras sanitarias; su comercio gira millones, su industria crece y prospera, su fuerza vegetativa y progresiva es colosal; en política también se ha dado un largo paso hacia adelante, y aunque esté muy lejos aún el ideal, algo se ha ganado en cuanto al juego de las instituciones, y hasta parece haberse ganado mucho, pues ya no se estilan los burdos medios de gobernar que burla burlando hemos puesto de relieve. Y ya se sabe que la hipocresía es tácito homenaje del vicio á la virtud.
Esto nació de aquello. Parece imposible, pero es así. El impulso que lleva nuestro país es admirable de fuerza y de velocidad, pese á los sucesivos descarrilamientos que amenazaban dar con todo al traste. Quien se detenga hoy en Pago Chico, jurará que lo hemos calumniado, ó que lo pintamos en remotísimos tiempos,—allá en la edad de la piedra labrada ó del hueso roído—aunque su historia es casi una actualidad, algo fiambre si se quiere, pero en modo alguno vetusta.