Más todavía: alejémonos unas cuantas leguas, y la actualidad palpitante renacerá de sus cenizas. Pago Chico se ha retirado un poco más, como se retiraba antiguamente la línea de fronteras,—he ahí todo. Y como, más por azar que por cálculo, hemos olvidado hasta ahora determinar la exacta ubicación del pueblo, puede el lector situarlo más al oeste del meridiano quinto ó más al sur del Río Negro, con cuya sencillísima operación tendrá á la minuta un verdadero «plato del día». Y ni aun es menester que vaya mentalmente tan lejos, pues rincones hay todavía, muy próximos á la misma capital, donde continúa á más y mejor cociéndose habas, en forma parecida por lo menos.
En fin, risueño ó adusto lector, sólo queremos agregar pocas palabras, para repetirte que este volumen no se te presenta como la crónica completa de la era inicial pagochiquense, sino como una simple colección de documentos que forman parte de ella—parte pequeña por lo demás,—y hecha voluntariamente al acaso, sin plan previo, para que de su misma aparente inconexión resulte, si lo puede por sí misma, una especie de unidad, aquel «lírico desorden» que aconsejan los preceptistas en cierta clase de obras, para suspender el ánimo y conmoverlo con inesperadas imágenes, acciones ó ideas...
Quiere esto decir que aún quedan disponibles cajas y legajos de documentos y notas atinentes á la vida política, intelectual, social, moral etc., de Pago Chico,—y en primísimo lugar cuanto á las damas y al amor, con sus enredadas marañas se refiere,—destinados á la polilla y el polvo del olvido, si la muestra presente no despierta el interés y la atención que nos atrevemos á esperar.
Haz, lector, una seña, y verás cómo nos apresuramos á convertir en Prólogo de otro volumen, este Epílogo que—en tal expectación—no relata sucintamente como era uso en tiempos de ingenuidad y bonhomía literarias, qué «se ficieron» todos los personajes de la obra y los hijos de sus hijos. Tal metamorfosis nos alegraría, y no por el éxito que pudiera significar—créasenos aunque no parezca cierto,—sino porque al separarnos de estas páginas, en las que hay más verdadera melancolía que despreocupado buen humor, sentimos algo como si huyera un minuto que desearíamos repetir, como si se nos marchara otro poquito de juventud,—toda ésa que se revive al relatar la que fué, ésa que á tantos ancianos ha hecho escribir sus recuerdos, ésa que obligará á Silvestre á redactar in extenso sus memorias, en cuanto no tenga otra ficción de trabajo con qué entretener los nervios bailarines.
Y, con esto, hasta luego, no sea que habiendo logrado, como cabe, hacer un libro entretenido, lo echemos á perder ahora con una intolerable lata.