—No, señor.
—¿Y el oficial?
—Tampoco, señor.
El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura, echóse un poco para atrás, y ordenó, perentoriamente:
—¡Llame al cabo de cuarto!
—¡No... no... no hay señor!
—De modo que no hay nadie aquí, ¿no?
—Sí se... señor... Yo.
—¿Y usted es agente?