—Sí, será municipal, Bermúdez,—contestó Ferreiro sin levantar la cabeza.—Le doy mi palabra de que será municipal.
Y firmando la esquela que acababa de escribir, la plegó en cuatro, y llamó al dueño de casa.
—¡Cármine! tráeme un sobre, y haceme llevar esta carta al intendente.
Era la condenación de Fillipini: un pedido-orden al intendente, para que le quitara inmediatamente su puesto de segundo médico del hospital.
—¡Sí sale, amigo, sí sale!—exclamó levantándose y palmeando en el hombro á Bermúdez.—¿Para cuándo serían los amigos, entonces?
—¡Je, je, je!—rió Bermúdez en el colmo de la satisfacción, levantándose también.
Y ambos salieron del café, encaminándose al atrio de la iglesia, donde iban á practicarse las elecciones más sonadas del entonces borrascoso Pago Chico.
Entre tanto, en el comité cívico hallábanse reunidos Viera, el periodista, que á cada instante se asomaba á la puerta, nervioso, excitado, sin haber dormido, aguardando las huestes de votantes de la campaña que ya debían haber llegado; Lobera, que peroraba y destilaba esencias; Silvestre, que trataba en vano de meter baza apenas se interrumpiese la interminable serie de sus discursos; Pedrín, Pancho Fernández el hijo del vigilante, Tortorano, veinte ó treinta más, y por último el doctor D. Francisco Pérez y Cueto, que había exclamado con énfasis al entrar:
—¡Ciudadanos! ¡este hermoso día no puede menos de anunciarnos la victoria!
Y satisfecho del efecto producido, sintiendo un agradable cosquilleo en la piel, de entusiasmo hacia su propia persona, había callado y permanecido silencioso para no disminuir con vulgaridades el mérito de aquellas palabras proféticas. Aquel día se había propuesto no decir sino frases históricas.