—El dotor Fillipini.

Ferreiro dió un puñetazo en la mesa:

—¡Ah, gringo é mier!—exclamó.

Y tomando otra postura, cruzadas las piernas y asida con ambas manos la que quedó arriba, preguntó á Bermúdez con sonrisa entre burlona y despreciativa:

—¿Y qué le ha dicho el doctor Fillipini? ¿Él le aconsejó que nos amenazara con irse á la Unión Cívica?

—Sí, él. Pero me dijo que lo hiciera en último caso, y que si no me escuchaban tratara de hacer votar por mí en la otra lista, borrándolo á Carbonero...

—¡Conque sí, eh! ¡pues ya verá el hijo de su madre!—exclamó Ferreiro, que siguió murmurando, mientras sacaba del bolsillo un lápiz y la carilla en blanco de una carta, en la que escribió algunas palabras.

Bermúdez, turbado, sin saber ya á qué atenerse, lo interrumpió:

—¡Pero, al fin y al postre!—preguntó,—¿salgo ó no salgo municipal? Eso es lo que quiero saber, pero sin vueltas, derecho viejo, porque si no...