—Lo que es hoy,—decía el negro Urquiza, en cuclillas afilando un palito para los dientes con un formidable facón,—lo que es hoy, los carneros van á... cargar aceite.
—¡Sí, de susto é verte la trompa!—le retrucó un paisanito, que, con las piernas cruzadas y recostando el hombro en la pared, parado junto á él, lo miraba desde arriba.
—Calláte, guacho,—saltó el moreno, gesticulando con su ancha boca, y mostrando los dientes en una á modo de sonrisa.—Más vale ser negro que orejano. Yo siquiera tengo marca.
—Y yo soy capaz de ponerte otra en la jeta, ¡negro trompeta!—dijo el muchacho, echando la mano atrás como para sacar también el cuchillo.
El negro estuvo de un salto en pie, pero varios se interpusieron mientras uno de los correligionarios decía pausadamente, no sin sorna:
—¡Vaya! guardesén p'a luego, muchachos.¡ ¿No ven que las papas queman? Puede ser que luego haiga baile, y entonces podrán bailar á gusto...
—¡Sí, bailar con la más fea!—exclamó otro.
—¡Y'anda teniendo miedo este... tabaco aventau, no más!—dijo el del baile.
—¡Oiganlé!—prorrumpieron varios.
—Pisale el poncho, ai tenés.