—¡Á que no le mojás la oreja á ño Fortunato!

Viera creyó necesario intervenir:

—¡Á ver, compañeros, un poco menos de bochinche, que esto no es ningún piringundín!

Los ánimos se tranquilizaron momentáneamente. Reinaba en todos un desasosiego, una nerviosidad desusada, y en la expectativa de acontecimientos penosos mostrábanse irritables, como si anhelaran precipitarlos ó provocar otros, prefiriéndolo todo á la zozobra en que necesariamente tenían que estar largas horas todavía.

Pero el más desasosegado, el más nervioso, el más irritable era el mismo Viera, que no podía estarse un segundo quieto. Conocía afortunadamente su estado y reprimía sus ímpetus, siempre á punto de estallar, contestando con monosílabos hasta al mismo doctor Pérez y Cueto, sintiendo unas ansias que le subían del corazón á la garganta y le cortaban la respiración. ¿Qué era aquello? ¿Por qué no llegaban los correligionarios de la campaña? Y no pudo de pronto contener su impaciencia y se quedó en la puerta del comité, golpeando el suelo con el pie, pálido, casi trémulo, mirando con ojos devoradores á uno y otro lado, como si quisiera atraer con la mirada los esperados grupos de jinetes. Pero la calle polvorienta abrasada por un sol de fuego, aunque ya estuviesen en el final del mes de Marzo, barrida de vez en cuando por una racha ardiente como salida de un horno, estaba desierta, completa, implacablemente desierta, y sobre ella se cernía el sepulcral silencio de los días de elecciones en que las mujeres se encierran á rezar apenas salen su padre, su marido ó su hijo, en dirección al comité ó al atrio, y en que la mayoría de los hombres, por no hacer que recen de miedo sus mujeres, sus hijas ó sus madres, se encierran con ellas, no porque teman los tumultos con tiros y tajos, sino simplemente por compasión hacia las desgraciadas, y por no darlas tan pésimo rato. También, si así no fuera, ¿cómo podría haber gobiernos electores, y de qué tendría el pueblo que quejarse, y con qué entretenerse leyendo diarios?

Pero, el rostro de Viera se iluminó de pronto: por una bocacalle, allá lejos, al extremo del pueblo, aparecía envuelto en densa nube de polvo un pelotón de jinetes que avanzaba al trotecito, en formación casi correcta, de á cinco en fondo. Y no pudo contener una jubilosa exclamación:

—¡Ahí vienen!

Todos se precipitaron á la puerta, y el comité quedó un momento silencioso. Pero ¡ay! cuando era más intensa y segura la esperanza, la cabalgata volvió una esquina y desapareció dejando tras sí, como único consuelo, flotante gasa de polvo que una racha desvaneció por fin.

—Es la pionada del saladero,—dijo un paisano.

—Ésos van con los carneros,—murmuró desalentado otro del grupo.