La zozobra de Viera era ya un nudo que le cerraba la garganta hasta sofocarlo. Entró bruscamente al comité, y para disipar su horrible ansiedad, encaróse con una rueda de electores que, más atrevidos ó más hambrientos que los demás, habían aprovechado la general distracción apoderándose de una gran tajada de asado que devoraban, cortando los jugosos bocados á raíz de los labios con los cuchillos como navajas de afeitar.

—¡Se necesita ser aprovechadores!—exclamó colérico.—¿No les da vergüenza ponerse á comer solos sin que nadie les haya dicho nada, para meter desorden?

—Es la picana, don Viera,—contestó con aire socarrón y falsamente humilde el paisanito á quien el negro Urquiza llamara «guacho».

—Sí, ¡conque te agarrás el mejor pedazo, y todavía lo decís! Sos más madrugador que la lechuza, que no duerme de noche.

Pero este pequeño desahogo, que no podía ir más lejos, no fué parte á tranquilizarlo. Sufría tanto como el general á quien se le ha confiado una nación entera, y ve perdida, irremisiblemente perdida la batalla final. Y para distraerse, trató de dominar su angustia y conversar con el doctor Pérez y Cueto, preocupadísimo también, que desde hacía rato murmuraba quién sabe qué filípicas, sazonadas con los términos más groseros de su repertorio peninsular, como si de tanto trueno pudiera salir la tormenta salvadora. Y, en voz baja, comentaron la inexplicable tardanza de Gómez, que debía ir con sus puesteros, peonada y esquiladores, la de García, salido la noche antes de los confines del partido con gran copia de paisanos resueltos, el silencio de Méndez, que debía haber llegado aquella madrugada á la cabeza de los seis ó siete caudillejos que, junto con sus respectivos hombres, determinaron concentrarse antes de salir el sol en la pulpería de Laucha, y la de Soria, que había prometido ir temprano con los indios de la tribu de Curá, una veintena de electores tan inconscientes cuanto serviciales.

La ansiedad había cundido; formábanse varios corros, para deshacerse y formarse de nuevo algo más lejos, y las caras comenzaban á expresar otra cosa muy distinta del entusiasmo. Ya no se hablaba en voz alta, ni nadie salía al almacén á continuar las matutinas libaciones. Eran los mismos treinta y tantos que se habían reunido allí muy de mañana, para estar bien al corriente de todo, en primer lugar, y para no tener que cruzar las calles cuando se alborotara el cotarro sobre todo. No se había agregado un solo ciudadano más, ya eran las ocho, y las esperanzas con tanto entusiasmo expresadas y exageradas la noche antes allí mismo, iban desvaneciéndose una tras otra, tan vertiginosamente como las nubes con el pampero sucio...

Al ver á Viera conversando con el doctor, Silvestre primero, Lobera después, Pancho, Pedrín, Tortorano, Troncoso, y hasta el mismo Urquiza, husmeando conciliábulo, formaron rueda alrededor. ¿Cómo ocultar, entonces, el sobresalto y la angustia, si el mismo sobresalto y la misma angustia se habían apoderado de todo el mundo? Viera lo comprendió, é hizo esfuerzos por infundir á los otros una tranquilidad que no tenía, y por sostener en ellos las últimas y mal abrigadas ilusiones.

—¡No se ha perdido todo!—repetía.—Han de venir, han de venir. Aguardemos, y entre tanto vamos á votar los que estamos aquí, para no perder el turno, porque las ocho están al caer...

El furioso galope de un caballo lo interrumpió. Habíase oído desde lejos, porque en el comité reinaba un vago silencio de expectativa ansiosa. El redoble de las patas del animal en el piso duro de la calle fué acercándose con creciente violencia, hubo una sofrenada, un resbalón en seco, el choque de unas botas con espuelas en las piedras de la acera, y casi al mismo tiempo apareció Méndez, jadeante, haciendo repicar las rodajas, con paso bamboleante de gaucho compadre, medio civilizado á ratos, pero áspero y rudo, sobre todo en aquellas circunstancias. Venía demudado. Y apenas se halló dentro del comité: