—¡Canallas! ¡canallas!—exclamó entrecortadamente.—Mi han fusilao la gente... ¡Canallas!

Hízose un silencio seguido de un murmullo agitado y caluroso, y todos los circunstantes rodearon á Méndez, acribillándolo á preguntas.

—Dejemén hablar; si les voy á contar todo. ¡Pero, qué canallas asesinos! Esta madrugada salimos perfetamente de lo de Césperes, p'a cair al pueblo tempranito. Éramos unos ciento veinte, todos los que estaban en el campo, y un redepente, al enfrentar la alamera de la estancia de Carballo,—veníamos al tranquito,—unos que estaban atrincheraus entre los árboles nos hicieron una descarga cerrada, y antes de que nos pudiéramos dar cuenta, otra y otra, como juego graniau. Y, es natural, la gente, asustada, se me alzó y disparó, de balde traté de atajarla. Con el julepe ni siquiera atinaron á ver quiénes nos estaban afusilando, y cuántos eran. ¡Claro! Casi ninguno tráia más que facón... Yo hice juego con el revólver, pero me quedé solo, y en cuanto vieron que se me habían acabau los tiros, se me vinieron encima. Yo le clavé las espuelas al sotreta, disparé campo ajuera, ¿qu'iba hacer? y estuve esperando de un pajonal, p'a aprovechar venirme en cuanto se descuidasen, p'ávisarles á ustedes.

—¿Y quiénes son, quiénes son?—preguntaron varios con la voz ligeramente empañada por la emoción.

—No sé, la gente no es del pago; tráida de otros partidos...

La noticia cayó como una ducha helada, pues aunque se temiese ya alguna hazaña oficialista, nunca se creyó que llegara á tanto la desenvoltura de las autoridades, cuyo silencio de los días anteriores se había tomado por una prueba de debilidad y una derrota antes de haber lucha. En Pago Chico, como en el resto de la provincia, se fusilaba, pues, á mansalva á la gente, y quien lo hacía era el mismo gobierno. Era cosa más seria de lo que se había pensado, entonces; no se trataba sólo de sostener refriegas en los atrios, sino de hallarse siquiera en condiciones de llegar á ellos... Nadie las tuvo ya todas consigo, pues.

Silvestre, exasperado, y al mismo tiempo curioso de saber lo que se preparaba en las cercanías de la iglesia, preguntó á Viera, mientras Méndez seguía explicando el terrible encuentro de aquella mañana:

—¿Qué hacen en la plaza? ¿Han mandado algún bombero?

—No, á nadie,—contestó el periodista.

—Entonces voy yo de una carrera.