—Mucho cuidado,—le gritó Viera, cuando Silvestre ponía el pie en la calle.

El desaliento fué subiendo de punto, casi hasta convertirse en pánico, á medida que fueron llegando mensajeros con otras infaustas noticias. La jugada hecha á Méndez se había repetido con Gómez, con García, con Soria, con todos los que llevaban gente de diversos puntos del partido. Sólo iban á engrosar los escasos elementos del comité, unos cuantos dispersos, que llegaban de á uno y de á dos, todos á dar noticias desesperantes, abultando los hechos, echando bravatas, mintiendo hazañas, exagerando el número, el armamento y la ferocidad del enemigo, que al fin y al cabo no quería matar sino ahuyentar electores por iniciativa y consejo de Ferreiro.

—¡Nos han fregau fiero, caracho!—exclamaba Méndez.

—¡Es una vergüenza, una verdadera vergüenza!—decía Viera casi llorando.

—¿Y nos vamos á quedar así, como unos mánfios? ¡Nos habrán quitau la gente, pero nosotros podemos quemarlos á balazos, canallas, hijos de mil!... ¡Á ver, muchachos, á ver quién quiere hacer la pata ancha conmigo: venga el que tenga huesos, y vamos á echarlos del atrio á tiros!

Parte de la gente, desde las primeras noticias, viendo la indecisión de los jefes, había juzgado lo más oportuno comerse el asado y beberse el vino; pero al resonar la palabra vehemente y furibunda de Méndez, muchos habían acudido á hacerle corro, é iban enardeciéndose, ya dispuestos á lanzarse á la calle y jugar el todo por el todo, cuando Silvestre entró en el comité como una exhalación, y sin tomar aliento comenzó á contar que el comisario Barraba con treinta vigilantes armados á rémington ocupaba el frente del atrio y que tenía varias carretillas al lado, llenas de municiones; que los «carneros», por su parte, habían formado un cantón en las azoteas de la confitería de Cármine armados también con rémingtons del gobierno, y dominando las mesas colocadas en el atrio mismo, de tal modo, que podían fusilar á mansalva á cuantos se acercaran al comicio.

Era la derrota, la más completa é inmerecida de las derrotas.

Sin embargo, Viera quiso luchar hasta lo último, tentar un esfuerzo supremo, hacer de aquélla una cuestión de vida ó muerte para él y para cuantos le habían acompañado hasta entonces en su cruzada reivindicadora.

—No, amigo, es al botón,—replicó Méndez, que había reaccionado, á su proposición de ir á tomar las mesas por asalto.—Hace un ratito yo mismo lo aconsejaba, y hubiera ido á sacarlos de allí por sorpresa. Pero las cosas se han puesto muy distintas... ¿No ve que están preparaus, y que l'único que vamos á sacar con estos cuatro gatos es que nos maten como á perros?